Falsa modestia
«De esto sé muy poco», aclaró Ricardo antes de intervenir en la conversación. Veinte minutos después, nos había explicado los antecedentes históricos del problema, citado a tres especialistas y corregido algunos datos que dábamos por ciertos.
Así es Ricardo: le encanta presentarse como desconocedor de asuntos que domina a la perfección.
Sus amigos estamos acostumbrados. Cuando Ricardo dice que no está demasiado familiarizado con un tema, prepárate para asistir a una conferencia.
Pero ¿por qué esa insistencia en presentarse como alguien que no sabe de lo que habla?
Modestia sí, modestia no
El «solo sé que no sé nada», atribuido a Sócrates, aludía a la importancia de reconocer los límites del propio conocimiento. ¿Era Sócrates un «falso modesto»?
La modestia se considera, por lo general, una cualidad positiva. La persona modesta no habla continuamente de sus capacidades ni recuerda a los demás sus logros. Reconoce lo que sabe sin hacer alarde de ello.
Hay también quienes acostumbran a restar importancia a sus méritos.
¿Podemos hablar de falsa modestia? En este punto debemos ser prudentes: no basta con que alguien diga que sabe poco y después demuestre saber mucho para concluir que «es una pose». Quizás sea una cuestión de timidez, considere insuficientes sus conocimientos al compararse con personas de mayor experiencia o sea muy exigente consigo mismo.
Para distinguir la modestia de la falsa modestia necesitaríamos saber qué piensa esa persona de sus capacidades y qué función cumple el hecho de restarles importancia ante los demás.
Rebajar las expectativas
Una de las razones por las que alguien puede restar importancia a sus conocimientos es el deseo de protegerse de una posible valoración negativa.
Veamos un ejemplo: Marta tiene que intervenir en una reunión sobre un asunto que conoce bien. Antes de comenzar, advierte: «No estoy muy familiarizada con este tema, así que disculpad si digo alguna tontería».
Con esta advertencia rebaja las expectativas de quienes la escuchan. Si su intervención es poco acertada, habrá advertido de sus limitaciones. Si demuestra unos conocimientos extraordinarios, es posible que cause una impresión todavía mejor gracias al contraste entre lo anunciado y lo demostrado
Ahora bien, ¿estamos ante un caso de falsa modestia? Depende. La persona puede ser perfectamente consciente de sus conocimientos y recurrir a esa advertencia para protegerse de las críticas o provocar una impresión más favorable. O sentirse insegura, aunque esté muy preparada.
La conducta es semejante, las motivaciones son diferentes. Además, no siempre hay una intención deliberada detrás de estas expresiones. A veces las utilizamos por costumbre.
El placer de sorprender
Volvamos a Ricardo.
Mi amigo conoce sus capacidades. Sabe de lo que habla y disfruta compartiendo sus conocimientos. Pero después de muchos años de amistad, tenemos buenas razones para creer que disfruta sorprendiendo a quienes le escuchan, en particular si lo hacen por primera vez.
¿Uno de los inconvenientes de recurrir a la falsa modestia para despertar admiración? Que cuando los demás reconocen la estrategia, puede producir el efecto contrario. Y en ese caso es muy probable que los interlocutores lo consideren una forma de presumir.
En el caso de Ricardo tomamos estos «prolegómenos» como una característica personal hasta cierto punto entrañable y divertida. Sobre todo porque, a estas alturas, está convencido de que sigue sorprendiéndonos. O quizás no.