Lo que aprendimos de lo que nos ocurrió

Pareja hablando sobre una pregunta que despierta suspicacias.

Lo que aprendimos de lo que nos ocurrió

Lo que conocemos

«Mi anterior pareja quería saber con quién estaba en todo momento. Al principio no le di importancia. En realidad, ni siquiera me llamó la atención. Con el tiempo me encontré justificando todos mis pasos. No volveré a permitir algo así».

Alicia lleva varios meses con su nueva pareja. Acaba de leer un mensaje suyo que le cae como un jarro de agua fría: «¿Vas a tardar mucho?». Contesta de inmediato que no tiene que darle explicaciones y que volverá cuando termine.

Más tarde conoce el motivo de esa pregunta: habían quedado en cenar juntos y Carlos quería saber si la esperaba.

Alicia está familiarizada con el control dentro de la pareja. Por eso, algunas cosas que para otros no tendrían importancia la ponen en guardia.

Lo que no conocemos

Las experiencias previas influyen en nuestra interpretación de cuanto nos ocurre. Si pasamos años con una persona controladora, una pregunta sobre dónde estamos actúa como elemento disparador. Hemos aprendido que determinadas conductas pueden ser el anticipo de otras. Por eso estamos atentos a ellas.

Ese aprendizaje es útil.  Nos ayuda a reconocer señales que antes ignorábamos y a detectar comportamientos que, de lo contrario, habríamos normalizado. Pero, como hemos visto en el ejemplo anterior, también puede despertar suspicacias infundadas.

Dos situaciones pueden compartir elementos sin ser equivalentes. Alicia reconoce en la pregunta de su pareja algo que ha vivido. Hay motivos de alerta, pero necesita más información antes de llegar a determinadas conclusiones.

«Diga lo que diga, no va a salir bien»

Nuestra interpretación de los hechos afecta a nuestra reacción y también a la del otro. Alicia está enfada por la pregunta de Carlos. Carlos, a su vez, no entiende a qué se debe una respuesta tan inesperada.

En casa, la conversación se encalla. Si Carlos intenta explicar el porqué de su mensaje, Alicia lo ve como un intento de justificación. Si se molesta por la respuesta desabrida, el enfado confirma sus sospechas.

Algunas situaciones dejan poco margen de actuación a la otra parte: todo cuanto diga o haga será  interpretado bajo la óptica de una conclusión forjada sin información suficiente.

¿Y si me equivoco?

Concedemos gran valor a nuestras experiencias. Y con razón. Sería absurdo comportarnos como si lo vivido no nos hubiera enseñado nada.

Alicia ha aprendido a reconocer conductas de control basándose en su experiencia.  Sin embargo, con la información de la que dispone no puede saber con certeza la intención de su pareja actual.

Podemos estar seguros de nuestra interpretación y equivocarnos. Para ratificar o descartar si impresión tendrá que valorar también el comportamiento de Carlos; la intensidad con la que ella vive determinados hechos no permite, por sí sola, saber qué está ocurriendo.

El caso de Alicia puede ser particularmente difícil, pero no es necesario haber vivido algo semejante para interpretar el presente a partir de lo aprendido en otras relaciones.

Quien ha crecido en una familia en la que un «haz lo que quieras» anticipaba una cadena de reproches se sentirá probablemente incómodo si su pareja utiliza esa misma frase, aunque no haya ningún doble sentido detrás. La respuesta llegará enseguida: «Vale, pero luego no me lo eches en cara».

Damos por hecho que palabras, silencios o gestos arrastrados de relaciones anteriores conservarán ese mismo significado fuera de ellas.

Nuestra historia seguirá influyendo en nuestra forma de interpretar lo que ocurre. Gracias a ella hemos aprendido qué estamos dispuestos a aceptar, qué queremos evitar y a reconocer situaciones de riesgo. Pero ante algo que dispara nuestras emociones cabe preguntarse cuánto sabemos de lo que está ocurriendo ahora y cuánto damos por sabido porque nos recuerda a lo que sucedió en el pasado.