Si lo he conseguido, ¿por qué no me encuentro bien?
Recuerdo que siendo niña había una familia que nos llamaba particularmente la atención entre las que venían a recoger a sus hijos al colegio. A nuestro juicio infantil, encarnaban el epítome de la familia de Hollywood: guapos, simpáticos, cordiales y siempre amorosos.
Quizás por eso cayó como un bombazo la noticia de que aquel hogar idílico se había transformado en una batalla campal. Los padres se habían separado en malos términos y los hijos cambiaban de colegio. La causa, según se cuchicheaba por los pasillos, había sido un premio de lotería bastante abultado.
Cuesta creer que el buen pellizco económico fuese la razón profunda de la separación, pero sí da la impresión, por la avalancha de cambios posteriores, que reveló desajustes familiares soterrados o planteó nuevos problemas: decisiones sobre el dinero, proyectos incompatibles, relaciones familiares distintas o expectativas hasta entonces impensables.
No se trata de un caso extraordinario. Son muchos los ejemplos de personas cuyas vidas parecen desmoronarse cuando se cumple lo que tanto ansiaban.
También hay que adaptarse a lo bueno
Por regla general, asociamos la necesidad de adaptación con acontecimientos desagradables: una separación, un despido, una enfermedad o la muerte de alguien cercano. Estos hechos, en ocasiones traumáticos, modifican notablemente nuestras vidas. Menos conocido, sin embargo, es el hecho de que muchos acontecimientos deseables o ansiados también obligan a realizar un ejercicio de adaptación.
Un ascenso cambia las responsabilidades y la relación con quienes hasta ayer eran compañeros. El éxito de un negocio puede alargar la jornada laboral. Una oposición aprobada nos obliga a trasladarnos de ciudad. Hasta un aumento de sueldo modifica las decisiones, expectativas y relaciones familiares.
Sería una tontería decir que los acontecimientos positivos son perjudiciales. Pero la repercusión de cualquier acontecimiento —positiva o negativa— depende en gran medida de los cambios que introduce en la vida de la persona y de la capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias.
¿Problemas después de un éxito?
Pensemos en alguien que lleva años soñando con un ascenso. Por fin consigue dirigir el departamento en el que trabajaba y, pocos meses después, llega a consulta por ansiedad e insomnio.
Al preguntarle por los cambios que ha introducido ese ascenso en su vida, nos explica que ahora trabaja diez horas en lugar de ocho. Cuando evalúa el rendimiento de antiguos compañeros, algunos cuestionan sus decisiones. Antes consultaba las dudas con su responsable; ahora debe subsanar las dudas de los demás. Revisa el correo por la noche y dedica buena parte del domingo a preparar la semana porque no quiere meter la pata. Está mucho más pendiente de sus posibles errores: teme que los demás descubran que el puesto le viene grande. Su vida laboral es mucho más exigente desde el ascenso.
Debemos tener una cosa clara: que el malestar aparezca después de alcanzar una meta no nos dice qué lo está provocando.
Lo que funcionaba no funciona ahora
Algunas dificultades no se manifiestan mientras las circunstancias permiten compensarlas.
Una persona puede desenvolverse bien en un puesto estructurado y tener serios problemas al ascender a otro que exige organizar el trabajo propio y el ajeno. Alguien acostumbrado a recibir reconocimientos puede depender de la valoración externa si adquiere visibilidad pública. Una pareja tal vez no tenga conflictos con la gestión del dinero mientras este es escaso y, sin embargo, se peleen por todo cuando han ganado la lotería, como en nuestra anécdota. En todos los ejemplos citados ocurre lo mismo: el acontecimiento favorable cambia las condiciones existentes hasta el momento.
Hemos de ser prudentes en la secuencia temporal. Que los síntomas aparezcan después de un ascenso, un premio o un reconocimiento profesional no prueba que ese acontecimiento sea su causa. Habrá que explorar qué ocurrió antes, qué cambió después y qué cosas suceden al mismo tiempo.
Éxito previsto y consecuencias imprevistas
Recientemente he leído un ejemplo extremo, pero revelador. Varios «Premios Nobel» han reconocido públicamente que el deseado reconocimiento cambió su vida para peor. Tenemos el caso terrible del escritor sueco Harry Martinson, convencido de que el galardón le había arruinado como escritor y persona; o el de Camilo José Cela y Nadine Gordimer, incapaces de escribir nada reseñable tras recibirlo. También el de Orhan Pamuk, cuya capacidad creativa voló por ensalmo y optó por convertirse en conferenciante de lujo. O el de Annie Arnaux que se quejaba de haberse convertido en un icono popular obligado a desenvolverse en un mundo pomposo y vacuo. La poeta polaca Wislawa Szymborska, por su parte, renegaba de su nueva existencia como «persona institucionalizada». El propio Juan-Paul Sartre rechazó el galardón porque no estaba dispuesto a correr el riesgo de que «afectase a sus escritos».
Una persona puede dedicar mucho tiempo y esfuerzo a conseguir algo y haber pensado muy poco en cómo será su vida si finalmente lo consigue. Conoce las condiciones del puesto al que aspira, pero no sabe cómo llevará dirigir a sus compañeros. Quiere que su empresa crezca, aunque nunca ha estado al mando de una empresa de cincuenta trabajadores. Busca reconocimiento público y descubre después qué supone que desconocidos opinen diariamente sobre su trabajo.
Necesitamos saber qué ocurría antes del malestar. Tal vez haya una pérdida, un conflicto o una amenaza. Pero el malestar también puede aparecer después de conseguir lo que la persona llevaba años deseando.