Un bolígrafo a la espalda

Niña muestra a su madre calificaciones del colegio donde ha cambiado los suspensos por sobresalientes.

Un bolígrafo a la espalda

¿Por qué miente mi hija?

Ante la cara de exagerada inocencia de la niña protagonista de nuestra viñeta y el bolígrafo que oculta a la espalda es fácil deducir que las calificaciones que valoran su rendimiento a lo largo del curso no son precisamente buenas. La pregunta inevitable es: ¿qué esperaba  esta niña que ocurriera si llevaba las verdaderas notas a casa?

Muchos padres y madres responderán de inmediato: «Pues una buena bronca, claro. Tiene que aprender que las cosas tienen consecuencias». Y la respuesta suena razonable, ya que las consecuencias forman parte de la educación. Pero  extraigamos una derivada de la pregunta anterior: ¿Qué ha aprendido esta niña sobre la reacción de sus padres?

Tres grandes categorías de mentiras

Podemos clasificar las mentiras infantiles en tres grandes categorías:

  • Mentiras para ocultar una transgresión. Esta es la categoría en la que se ha venido centrando la investigación clásica. La motivación principal es evitar una consecuencia negativa. La mayoría de los niños son capaces de recurrir a ella de forma deliberada desde muy corta edad (3-4 años).
  • Mentiras para obtener un beneficio, ya sea exagerando un logro o afirmando que se ha cumplido una tarea, por ejemplo. Curiosamente, son menos numerosas que la ocultación de transgresiones.
  • Mentiras prosociales. Son las famosas «mentiras piadosas» cuyo objetivo básico es facilitar la convivencia amortiguando conflictos menores. Esta capacidad aparece más tarde (en torno a los 7 años) ya que requiere comprender que la otra persona tiene estados mentales distintos de los nuestros, inhibir la respuesta genuina y conocer las normas de cortesía.

Como la viñeta representa claramente una mentira orientada a ocultar una mala noticia, centrémonos en las dos motivaciones que probablemente intervienen aquí: obtener una recompensa o evitar un castigo.

Recompensas y castigos

El castigo puede adoptar múltiples formas: bronca, pérdida de privilegios, quedarse sin vacaciones,  las comparaciones con un hermano o la cara de decepción de los padres.

Ambas motivaciones —obtener un premio o evitar un castigo— funcionan de forma parecida. Una conducta determinada tiene más probabilidades de repetirse si con ella obtenemos algo deseable o evitamos algo molesto. El niño que trampea una nota puede estar buscando que le feliciten, tratando de librarse de una regañina o ambas cosas.

¿Padres exigentes, hijos mentirosos?

Esa afirmación sería totalmente simplista. El asunto es bastante más complejo: hay niños que comunican una mala nota tan pronto entran por la puerta y otros esconden un examen con un cinco raspado aunque sepan que en casa apenas habrá consecuencias.

Hagámonos la pregunta siguiente: ¿qué información utiliza mi hijo para prever mi reacción?

Los adultos creemos que nuestros hijos recuerdan cuanto les decimos. Tal vez, pero nuestras palabras calarán unas veces más y otras menos.  Lo que sí recuerdan perfectamente es cómo nos comportamos. Si después de cada suspenso hay sermones interminables, amenazas, comparaciones o  tensiones prolongadas, el mensaje es claro: el coste de un mal resultado es elevado.

En ese momento, la mentira es una eficaz estrategia de evitación. Reduce la ansiedad inmediata porque compra unas horas de tranquilidad.

Una percepción errónea de la mentira

Algunos padres interpretan la mentira como demostración de que hace falta endurecer las consecuencias. Y el niño confirma, con esta lógica, que tenía razones para ocultar lo ocurrido.

Revisemos otra idea extendida: la de que el hijo solo teme el castigo cuando los padres son muy autoritarios. Algunos niños especialmente sensibles a la desaprobación viven con intensidad la decepción de sus padres con independencia de que estos sean autoritarios o no. En esas familias apenas hay gritos ni castigos severos, pero pesa el miedo a defraudar. La conducta termina siendo la misma: ocultar el problema.

¿Normas estrictas o excesiva permisividad?

Quizá el indicador más útil no pase por preguntarse si las normas son demasiado estrictas o, por el contrario, permisivas. Planteémoslo de otra forma: ¿cree mi hijo que puede traer una mala noticia sin que la conversación se convierta en un juicio sobre él?

Es una diferencia importante. Una cosa es analizar qué ha ocurrido, qué dificultades ha tenido y qué cambios hacen falta. Otra distinta es que el niño salga de la conversación convencido de que ha decepcionado a quienes más necesita.

Ningún padre puede garantizar que su hijo nunca mienta. Tampoco sería realista aspirar a eso. Los niños, igual que los adultos, tratan a veces de escapar de las consecuencias de sus actos. Lo que sí podemos hacer es procurar que decir la verdad no sea mucho más amenazante que el propio problema.

Si nuestra hija piensa que reconocer un suspenso es peor que haber suspendido, probablemente dedicará más energía a esconder el boletín que a entender por qué le ha ido mal. Y no es ese el aprendizaje que deseamos.