Entonces, ¿por qué vuelvo a hacerlo?
Raquel mira el móvil. Su hija salió hace un rato y lleva veinte minutos sin contestar a su último mensaje. Sabe con quién está, dónde ha ido y sobre qué hora volverá. Pero la inquietud no desaparece.
Toma el móvil. Han pasado cinco minutos. Sus dedos buscan el teclado pero recuerda la discusión de la semana anterior y se frena. Su hija le ha pedido que no la atosigue con preguntas. Y Raquel le ha dicho que dejaría de hacerlo.
Unos minutos después escribe: «¿Todo bien?».
Sí, todo bien —le responde su hija—. Raquel se queda tranquila.
Una aparente contradicción
Muchas conductas que nos gustaría cambiar tienen esta aparente contradicción. Determinadas situaciones no justifican nuestra preocupación y, sin embargo, algo nos empele a confirmar que todo sigue bien.
Raquel no escribe a su hija porque haya olvidado el acuerdo con el que cerraron la última discusión. Sabe que su hija está harta de sus continuos mensajes. Pero ahí está de nuevo la inquietud y la necesidad de verificar.
Lo que ocurre después también importa
Preguntar, comprobar o buscar una confirmación reduce el malestar. Ante una situación semejante, ya sabemos qué hacer para sentirnos mejor.
Si cada vez que Raquel escribe a su hija recibe una respuesta tranquilizadora, tiene motivos para volver a comprobar la próxima vez. No importa que consideremos nuestra reacción excesiva. El aprendizaje no depende solo de lo que pensamos sobre nuestra conducta, sino de lo que ocurre después de hacer algo.
¿Por qué esto me preocupa tanto?
¿Por qué una misma situación provoca reacciones tan diferentes entre personas?
Nuestra forma de interpretar lo que ocurre tiene una historia. El temperamento, lo que aprendimos en nuestra familia, las experiencias posteriores y las circunstancias actuales pueden hacer que prestemos especial atención a determinados riesgos.
Quizá Raquel creció en una familia en la que estar pendiente de los demás era una forma habitual de cuidar. O tuvo una experiencia que cambió su percepción de determinados peligros. Pero ninguno de las muchas hipótesis posibles nos permite establecer una explicación automática.
Haber crecido en una determinada familia no explica por sí solo lo que hacemos veinte años después. Tampoco hay acontecimientos concretos que justifique cada una de nuestras reacciones.
Quizás la pregunta más útil sea: ¿qué temo de esta situación y qué hago para tranquilizarme?
La necesidad de estar seguros
Al valorar un riesgo no sopesamos solo la probabilidad de que ocurra; también tenemos en cuenta la gravedad de sus posibles consecuencias. Que algo sea muy improbable no nos tranquiliza si imaginamos unas consecuencias graves.
Hay una segunda derivada: no podemos eliminar por completo la incertidumbre.
Raquel sabe dónde está su hija, con quién ha salido y a qué hora piensa volver. Aun así, no tiene la certeza absoluta de que nada malo le vaya a ocurrir. Cuando su hija responde, regresa la tranquilidad por un rato. Pero buscar la certeza tiene dificultades prácticas: siempre hay espacio para otra comprobación.
¿Qué mantiene la reacción?
En consulta puede ser útil reconstruir situaciones concretas: qué ocurrió, qué pensó la persona que podía pasar, qué hizo entonces y qué cambió después de hacerlo.
Descubrimos muchas veces que nuestra conducta a cumple la función de aliviar la incertidumbre. Ese alivio momentáneo explica por qué seguimos haciendo cosas que consideramos innecesarias.
Raquel es consciente de preguntar demasiado a su hija. Repetírselo aportará poco. Mejor saber qué ocurre durante los veinte minutos en los que intenta no escribirle y qué cambia cuando recibe la respuesta.
«Sé que estoy exagerando. Lo que no entiendo es por qué vuelvo a hacer lo mismo». La ayuda psicológica puede empezar por esta simple reflexión.