El negocio de acrecentar las inseguridades
El verano se acerca peligrosamente para quienes no tenemos las medidas ideales, lo que no deja de tener su aquel, si tenemos en cuenta que esto nos ocurre a la gran mayoría. Y pese a ello —o precisamente por eso— el culto al cuerpo sigue gozando de excelente salud.
Basta mirar las estatuas romanas, bastante más proporcionadas y naturales que ciertos modelos actuales, para comprobar que llevamos siglos obsesionados con la apariencia física. Lo único que cambia es el envoltorio. Antes aspirábamos a la armonía clásica; ahora alternamos entre el cuerpo salido del gimnasio militar y la eterna adolescencia.
La llamada «operación verano» confirma una evidencia: el cuerpo rara vez es solo cuerpo. Tiene mucho de carta de presentación, de salvoconducto social y de objeto de escrutinio público. Nada tan motivador para someternos a una dolorosa pre-ITV estética como la esperanza de lucir palmito en playas, piscinas, ríos y terrazas de nuestra variada geografía.
El algoritmo opina sobre tus muslos
Durante años, la publicidad tradicional nos ha vendido cremas reductoras, fajas imposibles y dietas depurativas con nombres que parecían enfermedades infecciosas. Ahora la tecnología ha refinado el sistema. Con el algoritmo, el bombardeo publicitario sigue siendo el mismo, pero personalizado: detecta inseguridades concretas y las alimenta con admirable eficacia.
Tratas de informarte sobre conflictos internacionales, crisis económicas o el tiempo del fin de semana y acabas contemplando a mujeres maduritas con un impecable aspecto posadolescente, gracias a las maravillas de la calistenia militar, las sentadillas «hip thrust», el pilates oriental, el desbloqueo de la fascia (motivo este de gran parte de nuestros males) o la maniobra de Valsalva con pesas rusas colgadas de las orejas. También está el súmmum por excelencia: la bebida energética que elimina hinchazones, alisa piel de naranja, reduce kilos y te colorea la vida de rosa. O los leggins glúteo-compresivos cuyos efectos son más o menos los mismos que los de la bebida.
Una fábrica de problemas
La parte más lucrativa del negocio, sin embargo, no consiste en vender soluciones, sino en fabricar problemas. O en reformular como defecto intolerable cosas que hasta hace nada formaban parte de la naturaleza humana. Envejecer era un fenómeno corriente. Ahora parece de una dejadez imperdonable.
Las personas no vivimos aisladas de la mirada ajena. Nuestra percepción corporal cambia dependiendo del entorno, las comparaciones y la atención que prestamos a determinadas partes del cuerpo. Cuanto más tiempo pasamos observándonos, evaluándonos y comparándonos, más fácil es detectar defectos en los que no habíamos reparado.
Las redes sociales amplifican este fenómeno porque convierten la comparación en una actividad continua. Esta comparación se nutre de algo particularmente perverso: no utiliza personas reales, sino versiones filtradas, seleccionadas y optimizadas. No competimos con la vecina del quinto, sino con madurita de cincuenta y siete años que aparenta treinta y dos, desayuna kéfir proteico y dedica cuarenta minutos diarios a desbloquear la fascia profunda.
El marchamo del lenguaje médico
Todo ello se reviste de un lenguaje médico o pseudoterapéutico. No basta con vender belleza. Se vende bienestar, equilibrio hormonal, inflamación invisible, activación metabólica o salud integral. El vocabulario científico aporta legitimidad y convierte cualquier inseguridad estética en un supuesto problema técnico susceptible de intervención urgente.
Dicho esto, no caigamos en la fantasía nostálgica de que antes vivíamos felices con nuestros cuerpos y las redes sociales nos han estropeados la existencia. La presión estética nos acompaña desde que el mundo es mundo, en particular a las mujeres. Lo novedoso es la intensidad, la frecuencia y la personalización del mensaje. Nunca habíamos convivido con un sistema capaz de recordarnos continuamente todo aquello que debemos corregir para sentirnos bien.
Esta historia entraña otro detalle curioso. Muchas personas terminan sintiéndose culpables de no invertir suficiente tiempo, dinero o energía en mejorarse, algo así como si se abandonasen moralmente. El autocuidado empieza a confundirse con un trabajo a jornada completa.
A veces sospecho que gran parte del agotamiento contemporáneo nace precisamente de esa vigilancia permanente de uno mismo. No basta con trabajar, dormir mal, llegar a fin de mes y sobrevivir a la actualidad política. También hay que optimizar glúteos, postura, microbiota, cortisol y expresión facial.
En fin: que de no ser por las redes sociales muchas personas jamás habrían descubierto la enorme cantidad de defectos que necesitan corregir con urgencia. Y es una pena, porque con tanto problema artificial corremos el riesgo de olvidar lo que es el auténtico autocuidado.