¿Cómo voy a decirles que no?
«Al principio nos pareció la mejor de las soluciones: los horarios laborales de mi hijo y su mujer eran complicados y nos hizo mucha ilusión llevar a nuestra nieta a la guardería, prepararle la merienda, ir al parque… ya sabes, ese tipo de cosas. El tiempo fue pasando y llegó el colegio, las clases extraescolares, los deberes y otras obligaciones. Y como nos apañamos bien y la niña está a gusto, lo que era provisional se ha convertido en habitual.
La queremos con locura —añadía la atribulada abuela—, pero a veces me siento cansada y echo de menos las cosas que hacíamos antes y esos planes decididos sobre la marcha, como escaparnos de viaje de vez en cuando. ¿Pero cómo voy a decírselo a mi hijo? Yo misma me recrimino el pensar esas cosas».
«Qué ganas de que empiece el curso»
¿Y los abuelos?
Una realidad más evidente en verano
Durante el curso escolar, muchos abuelos colaboran de forma puntual: una tarde, una recogida del colegio, unas horas cuando surge un imprevisto. En verano la situación cambia. Los días son mucho más largos, desaparece la estructura que proporciona el colegio y muchas familias siguen necesitando conciliar. Los campamentos solucionar las cosas parte del tiempo, pero rara vez lo cubren todo. Lo demás suele recaer, en mayor o menor medida, sobre los abuelos.
Cuidar de un niño no se reduce a estar con él. Exige mantener una vigilancia continuada, anticipar riesgos, responder a sus necesidades, tomar decisiones y estar siempre disponible. Buena parte de ese trabajo es mental y, por consiguiente, pasa desapercibido.
La investigación sobre el cuidado informal lleva décadas demostrando que el desgaste no depende únicamente del número de horas dedicadas al cuidado. Lo verdaderamente complicado es desconectar de esa responsabilidad. Un estado de atención constante consume recursos psicológicos y el cansancio termina apareciendo sin necesidad de que ocurra algo extraordinario.
El cansancio no necesita justificarse
Pero volvamos a la abuela del principio. Lo que más le preocupaba no era sentirse cansada. Lo que le hacía sufrir era pensar que ese cansancio decía algo sobre el cariño que sentía por su nieta. Como si reconocer el esfuerzo implicara quererla menos.
Sin embargo, cuando escuchamos a otra persona decir que cuidar de alguien la agota, rara vez concluimos que la quiera menos. Con nosotros solemos ser mucho más duros.+
Estar cansado no te convierte en peor abuelo. Solo te recuerda que cuidar, incluso cuando se hace con todo el cariño del mundo, requiere mucha energía. Y reconocer que estás cansado o que necesitas un momento para desconectar no es una muestra de egoísmo, sino una forma de cuidarte para poder seguir echando una mano a los tuyos.