Los abuelos también se cansan

Una abuela, con la pierna rota, le dice a su nieto que no va a subirse al tobogán otra vez.

Los abuelos también se cansan

¿Cómo voy a decirles que no?

«Al principio nos pareció la mejor de las soluciones: los horarios laborales de mi hijo y su mujer eran complicados y nos hizo mucha ilusión llevar a nuestra nieta a la guardería, prepararle la merienda, ir al parque… ya sabes, ese tipo de cosas. El tiempo fue pasando y llegó el colegio, las clases extraescolares, los deberes y otras obligaciones. Y como nos apañamos bien y la niña está a gusto, lo que era provisional se ha convertido en habitual.

La queremos con locura —añadía la atribulada abuela—, pero a veces me siento cansada y echo de menos las cosas que hacíamos antes y esos planes decididos sobre la marcha, como escaparnos de viaje de vez en cuando. ¿Pero cómo voy a decírselo a mi hijo? Yo misma me recrimino el pensar esas cosas».

«Qué ganas de que empiece el curso»

Que tire la primera piedra el padre o la madre que no haya pensado o expresado en algún momento: «Quiero mucho a mis hijos, pero hay días en los que me agotan».

No hace falta explicar que ambas cosas son compatibles. Cualquier padre entiende que el amor que siente por sus hijos no hace desaparecer el cansancio de las noches de desvelo, cuando  los pequeños empalman una infección con otra. Ni el estado de alerta continuado cuando, con los primeros pasos tambaleantes, hasta el entorno más seguro se transforma en un campo de minas. Ni la sensación de no encontrar un momento para  las «tareas urgentes» (o un minuto para ti) hasta que el peque duerme plácidamente. Ser padres es una de las experiencias más gratificantes que puede vivir una persona y, al mismo tiempo, un trabajo a jornada completa, sin fines de semana, que se prolongará durante muchos años.

Por eso ningún padre se sorprende cuando, a principios de curso, otros comentan con una sonrisa cómplice: «¡Bendito colegio, creía que nunca iba a llegar este día!».

¿Y los abuelos?

La lógica anterior no parece aplicarse a los abuelos. Si disfrutan con sus nietos, damos por hecho que también disfrutarán si los dejamos con ellos durante el verano, por ejemplo.

Pero querer a alguien no elimina el esfuerzo que supone cuidar. Es más, muchas veces aumenta la implicación, porque estamos más atentos, anticipamos más riesgos y es mucho más difícil desconectar.

En el caso de los abuelos se suma otra circunstancia. No solo cuidan de una de las personas más importantes de su vida; también cuidan de lo que más importa a sus hijos. Es —podríamos decir— una responsabilidad prestada. Una caída, un descuido o un problema de salud no afectan únicamente al nieto; también supondrá un disgusto para los hijos. Esa responsabilidad compartida aumenta incluso más el nivel de vigilancia.

En muchos casos, además, cuidar de los nietos no es la única responsabilidad. Hay quienes acompañan a una pareja con problemas de salud o atienden a padres muy mayores. El cansancio es la suma de todas esas exigencias.

Una realidad más evidente en verano

Durante el curso escolar, muchos abuelos colaboran de forma puntual: una tarde, una recogida del colegio, unas horas cuando surge un imprevisto. En verano la situación cambia. Los días son mucho más largos, desaparece la estructura que proporciona el colegio y muchas familias siguen necesitando conciliar. Los campamentos solucionar las cosas  parte del tiempo, pero rara vez lo cubren todo. Lo demás suele recaer, en mayor o menor medida, sobre los abuelos.

Cuidar de un niño no se reduce a estar con él. Exige mantener una vigilancia continuada, anticipar riesgos, responder a sus necesidades, tomar decisiones y estar siempre disponible. Buena parte de ese trabajo es mental y, por consiguiente, pasa desapercibido.

La investigación sobre el cuidado informal lleva décadas demostrando que el desgaste no depende únicamente del número de horas dedicadas al cuidado. Lo verdaderamente complicado es desconectar de esa responsabilidad. Un estado de atención constante consume recursos psicológicos y el cansancio termina apareciendo sin necesidad de que ocurra algo extraordinario.

El cansancio no necesita justificarse

Pero volvamos a la abuela del principio. Lo que más le preocupaba no era sentirse cansada. Lo que le hacía sufrir era pensar que ese cansancio decía algo sobre el cariño que sentía por su nieta. Como si reconocer el esfuerzo implicara quererla menos.

Sin embargo, cuando escuchamos a otra persona decir que cuidar de alguien la agota, rara vez concluimos que la quiera menos. Con nosotros solemos ser mucho más duros.+

Estar cansado no te convierte en peor abuelo. Solo te recuerda que cuidar, incluso cuando se hace con todo el cariño del mundo, requiere mucha energía. Y reconocer que estás cansado o que necesitas un momento para desconectar no es una muestra de egoísmo, sino una forma de cuidarte para poder seguir echando una mano a los tuyos.