Si sé lo que quiero hacer, ¿por qué no lo hago?

Una mujer explica a otra que no ha sido capaz de decir no a un corte de pelo que no le gusta.

Si sé lo que quiero hacer, ¿por qué no lo hago?

Digo sí cuando quiero decir no

«Estoy hartísima de que me coloquen sustituciones —se queja una maestra de educación primaria—. Siempre hay alguien que recurre a mí para que la reemplace en el comedor o en el patio. Querría negarme a hacerlo, porque aprovecho esos momentos para ponerme al día de tareas pendientes, pero al final digo «vale». He leído no sé cuántos libros sobre asertividad. En el papel, no parece complicado. En la práctica, no funciona. Al menos conmigo: me siento tan mal que termino aceptando con la desagradable sensación de ser tonta. Y, la verdad, debo serlo».

¿Qué proporciona decir que sí?

Nuestra profesora conoce bien las consecuencias de aceptar sustituciones que no quiere hacer: termina la jornada agotada, acumula trabajo y, lo que es peor, se enfada consigo misma.

¿Por qué sigue actuando así para después arrepentirse?

La maestra señala una inquietud que solo desaparece cuando acepta el encargo. En ese momento ya no necesita justificarse, ni enfrentarse a la existencia del otro ni preocuparse por su reacción. En resumidas cuentas: deja atrás una situación incómoda. Centrémonos en este punto.

Cuando una conducta elimina o reduce algo desagradable, aumenta la probabilidad de que volvamos a repetirla en una situación semejante. Es lo que llamamos refuerzo negativo y podría explicar el comportamiento de la profesora: aceptar la petición del otro le proporciona alivio inmediato.

Lo que deja de saber

Cuando acepta la sustitución para librarse de la sensación de incomodidad pierde la oportunidad de saber qué habría ocurrido de decir «no».

La conducta que tanto alivio le proporciona le impide exponerse a situaciones que podrían modificar sus expectativas. No sería impensable que su compañera aceptase la negativa sin mayor problema y recurrido a otra persona. Tampoco sabe  si sería capaz de tolerar la incomodidad de negarse si esa persona insiste o se disgusta, porque tampoco podemos descartar esta posibilidad.

No soy capaz de hacerlo

Nuestra protagonista ha leído varios libros sobre asertividad. Conoce, al menos en teoría, las fórmulas para expresar una negativa educada y firme, pero no consigue utilizarlas.

Podemos expresar una negativa con toda la amabilidad del mundo y sentirnos culpables. Y es posible que nuestro interlocutor se moleste o insista, pese a haberle explicado nuestras razones con claridad. Los buenos propósitos son más sencillos en nuestra imaginación que en la práctica.

Al terminar la jornada, la profesora se promete que no aceptará más sustituciones. Incluso ensaya mentalmente lo que dirá la próxima vez. En la escena imaginada elige las palabras, anticipa la conversación y visualiza a su compañera aceptando la negativa. Pero, cuando la tiene delante, no está segura de su reacción ni de si será capaz de mantenerse firme si insiste.

Ensayar una respuesta es útil, pero hay que trasladar el aprendizaje a la vida real y comprobar sus resultados.

Comprender por qué hacemos algo que nos disgusta no significa que podamos dejar de hacerlo. La terapia conductual puede ayudarnos a cambiar esas respuestas. El objetivo no es que digas «no» sin experimentar malestar, sino que puedas decirlo aunque lo sientas.

Si sabes lo que quieres hacer o lo que no quieres hacer, pero terminas haciendo lo contrario, es el momento de buscar ayuda profesional.