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	<title>Psicología BlaBla</title>
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	<description>Servicios de psicología y logopedia</description>
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		<title>La paternidad cambia la vida</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Oct 2026 17:05:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[paternidad]]></category>
		<category><![CDATA[psicología perinatal]]></category>
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			<h2><strong>Padres y psicología perinatal</strong></h2>

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	</div>

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			<p>Estos nueve meses de espera han sido una bomba de adrenalina. Has pasado por todas las emociones imaginables: la alegría de la noticia, el susto que os llevasteis cuando Julia tuvo aquel golpe con el coche, el nerviosismo de asistir a las ecografías (te preguntas si tanta información sobre el embarazo no estará afectándote), el ver nacer a tu hijo y escuchar, con el estómago contraído, el primer llanto con el que saluda a la vida. Tenerlo entre brazos con ese gorrito que la enfermera le ha hecho sobre la marcha con un pañal para que «no se enfríe». Se lo repites a tus amigos: nadie puede imaginar lo que es ser padre sin serlo.</p>
<p>Por eso ahora no entiendes por qué estás así.</p>
<p>Han pasado seis semanas desde que nació vuestro hijo. Te sientes cansado, pero sabes que eso forma parte de tener un recién nacido en casa. Lo que no esperabas era sentirte tan irritable, discutir tanto con Julia y tener cada vez menos ganas de ver a tus amigos.</p>
<p>Cuando vuelves del trabajo, piensas a veces lo que te espera al llegar a casa y te sorprendes deseando que el trayecto dure un poco más. Después te sientes fatal por haberlo pensado.</p>
<p>Quieres a tu hijo. Quieres a Julia. De eso no tienes la menor duda. Entonces, ¿qué te está pasando?</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>La responsabilidad de que alguien dependa por completo de ti</h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Durante el embarazo, la atención se centra por completo en la madre. Es ella quien experimenta los cambios físicos del embarazo, afronta el parto y necesita recuperarse. Ahora, tu hijo está aquí y tu vida da un vuelco de noventa grados.</p>
<p>Hasta hace nada, Julia y tú disponíais de vuestro tiempo. Erais libres de salir a cenar o de quedaros viendo una película sin preocupación alguna. Ahora da la impresión de que hasta mantener una conversación sin interrupciones es complicado.</p>
<p>También ha cambiado vuestra relación. Julia está cansada, tú también. Algunas decisiones sobre el cuidado del niño acaban en discusiones.</p>
<p>Sabías que tener un hijo cambiaría inevitablemente vuestra vida. Pero no tenías ni idea de cómo te iban a afectar esos cambios.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>¿Por qué me siento así?</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Cuando deseas un hijo —y no digamos si llevas mucho tiempo buscándolo— es difícil que un padre reconozca (incluso ante sí mismo) sentir malestar en unas circunstancias que, por anheladas, debieran ser motivo de felicidad.</p>
<p>Algunos hombres experimentan síntomas de ansiedad o depresión durante el embarazo de su pareja o después del nacimiento. La irritabilidad, la pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban, la preocupación excesiva o el distanciamiento de la pareja son algunas de sus manifestaciones.</p>
<p>Las dificultades habituales de adaptación a la paternidad no constituyen, por sí mismas, un trastorno psicológico. Las primeras semanas con un bebé son, por lo general, exigentes. El niño requiere atención continuada y el cansancio termina afectando al estado de ánimo. Pero si el malestar persiste, aumenta o interfiere en la vida cotidiana, es conveniente consultar con un profesional.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>También tú puedes necesitar ayuda</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Un padre puede tardar en reconocer que necesita ayuda porque no identifica lo que le ocurre como un problema emocional. Quizás lo atribuya al trabajo, a la falta de sueño o a las discusiones con su pareja. O puede considerar que no tiene derecho a quejarse. Su pareja ha pasado por el embarazo y el parto, y al lado de eso, lo suyo es algo menor. Pero el hecho constatable es que no se siente bien y eso está afectándole tanto a él como a su pareja.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Cuando esto sucede, un profesional puede ayudarte a identificar qué está ocurriendo, a cuestionarte algunas explicaciones e incluso a quitarle dramatismo a la situación. También te ayudará a manejar ese malestar sin añadirle sentimientos de culpa.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Lo que aprendimos de lo que nos ocurrió</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 07 Oct 2026 16:10:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[relaciones de pareja]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>Lo que conocemos</strong></h2>

		</div>
	</div>

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			<p>«<em>Mi anterior pareja quería saber con quién estaba en todo momento. Al principio no le di importancia. En realidad, ni siquiera me llamó la atención. Con el tiempo me encontré justificando todos mis pasos. No volveré a permitir algo así</em>».</p>
<p>Alicia lleva varios meses con su nueva pareja. Acaba de leer un mensaje suyo que le cae como un jarro de agua fría: «¿<em>Vas a tardar mucho?».</em> Contesta de inmediato que no tiene que darle explicaciones y que volverá cuando termine.</p>
<p>Más tarde conoce el motivo de esa pregunta: habían quedado en cenar juntos y Carlos quería saber si la esperaba.</p>
<p>Alicia está familiarizada con el control dentro de la pareja. Por eso, algunas cosas que para otros no tendrían importancia la ponen en guardia.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Lo que no conocemos</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Las experiencias previas influyen en nuestra interpretación de cuanto nos ocurre. Si pasamos años con una persona controladora, una pregunta sobre dónde estamos actúa como elemento disparador. Hemos aprendido que determinadas conductas pueden ser el anticipo de otras. Por eso estamos atentos a ellas.</p>
<p>Ese aprendizaje es útil.  Nos ayuda a reconocer señales que antes ignorábamos y a detectar comportamientos que, de lo contrario, habríamos normalizado. Pero, como hemos visto en el ejemplo anterior, también puede despertar suspicacias infundadas.</p>
<p>Dos situaciones pueden compartir elementos sin ser equivalentes. Alicia reconoce en la pregunta de su pareja algo que ha vivido. Hay motivos de alerta, pero necesita más información antes de llegar a determinadas conclusiones.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>«Diga lo que diga, no va a salir bien»</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Nuestra interpretación de los hechos afecta a nuestra reacción y también a la del otro. Alicia está enfada por la pregunta de Carlos. Carlos, a su vez, no entiende a qué se debe una respuesta tan inesperada.</p>
<p>En casa, la conversación se encalla. Si Carlos intenta explicar el porqué de su mensaje, Alicia lo ve como un intento de justificación. Si se molesta por la respuesta desabrida, el enfado confirma sus sospechas.</p>
<p>Algunas situaciones dejan poco margen de actuación a la otra parte: todo cuanto diga o haga será  interpretado bajo la óptica de una conclusión forjada sin información suficiente.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>¿Y si me equivoco?</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Concedemos gran valor a nuestras experiencias. Y con razón. Sería absurdo comportarnos como si lo vivido no nos hubiera enseñado nada.</p>
<p>Alicia ha aprendido a reconocer conductas de control basándose en su experiencia.  Sin embargo, con la información de la que dispone no puede saber con certeza la intención de su pareja actual.</p>
<p>Podemos estar seguros de nuestra interpretación y equivocarnos. Para ratificar o descartar si impresión tendrá que valorar también el comportamiento de Carlos; la intensidad con la que ella vive determinados hechos no permite, por sí sola, saber qué está ocurriendo.</p>
<p>El caso de Alicia puede ser particularmente difícil, pero no es necesario haber vivido algo semejante para interpretar el presente a partir de lo aprendido en otras relaciones.</p>
<p>Quien ha crecido en una familia en la que un «haz lo que quieras» anticipaba una cadena de reproches se sentirá probablemente incómodo si su pareja utiliza esa misma frase, aunque no haya ningún doble sentido detrás. La respuesta llegará enseguida: «Vale, pero luego no me lo eches en cara».</p>
<p>Damos por hecho que palabras, silencios o gestos arrastrados de relaciones anteriores conservarán ese mismo significado fuera de ellas.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Nuestra historia seguirá influyendo en nuestra forma de interpretar lo que ocurre. Gracias a ella hemos aprendido qué estamos dispuestos a aceptar, qué queremos evitar y a reconocer situaciones de riesgo. Pero ante algo que dispara nuestras emociones cabe preguntarse cuánto sabemos de lo que está ocurriendo ahora y cuánto damos por sabido porque nos recuerda a lo que sucedió en el pasado.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Sé que no necesito hacerlo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Oct 2026 14:57:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[autonomía adolescente]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>Entonces, ¿por qué vuelvo a hacerlo?</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Raquel mira el móvil. Su hija salió hace un rato y lleva veinte minutos sin contestar a su último mensaje. Sabe con quién está, dónde ha ido y sobre qué hora volverá. Pero la inquietud no desaparece.</p>
<p>Toma el móvil. Han pasado cinco minutos. Sus dedos buscan el teclado pero recuerda la discusión de la semana anterior y se frena. Su hija le ha pedido que no la atosigue con preguntas. Y Raquel le ha dicho que dejaría de hacerlo.</p>
<p>Unos minutos después escribe: «¿Todo bien?».</p>
<p><em>Sí, todo bien</em> —le responde su hija—. Raquel se queda tranquila.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Una aparente contradicción</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Muchas conductas que nos gustaría cambiar tienen esta aparente contradicción. Determinadas situaciones no justifican nuestra preocupación y, sin embargo, algo nos empele a confirmar que todo sigue bien.</p>
<p>Raquel no escribe a su hija porque haya olvidado el acuerdo con el que cerraron la última discusión. Sabe que su hija está harta de sus continuos mensajes. Pero ahí está de nuevo la inquietud y la necesidad de verificar.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Lo que ocurre después también importa</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Preguntar, comprobar o buscar una confirmación reduce el malestar. Ante una situación semejante, ya sabemos qué hacer para sentirnos mejor.</p>
<p>Si cada vez que Raquel escribe a su hija recibe una respuesta tranquilizadora, tiene motivos para volver a comprobar la próxima vez. No importa que consideremos nuestra reacción excesiva. El aprendizaje no depende solo de lo que pensamos sobre nuestra conducta, sino de lo que ocurre después de hacer algo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>¿Por qué esto me preocupa tanto?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>¿Por qué una misma situación provoca reacciones tan diferentes entre personas?</p>
<p>Nuestra forma de interpretar lo que ocurre tiene una historia. El temperamento, lo que aprendimos en nuestra familia, las experiencias posteriores y las circunstancias actuales pueden hacer que prestemos especial atención a determinados riesgos.</p>
<p>Quizá Raquel creció en una familia en la que estar pendiente de los demás era una forma habitual de cuidar. O tuvo una experiencia que cambió su percepción de determinados peligros. Pero ninguno de las muchas hipótesis posibles nos permite establecer una explicación automática.</p>
<p>Haber crecido en una determinada familia no explica por sí solo lo que hacemos veinte años después. Tampoco hay acontecimientos concretos que justifique cada una de nuestras reacciones.</p>
<p>Quizás la pregunta más útil sea: ¿qué temo de esta situación y qué hago para tranquilizarme?</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>La necesidad de estar seguros</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Al valorar un riesgo no sopesamos solo la probabilidad de que ocurra; también tenemos en cuenta la gravedad de sus posibles consecuencias. Que algo sea muy improbable no nos tranquiliza si imaginamos unas consecuencias graves.</p>
<p>Hay una segunda derivada: no podemos eliminar por completo la incertidumbre.</p>
<p>Raquel sabe dónde está su hija, con quién ha salido y a qué hora piensa volver. Aun así, no tiene la certeza absoluta de que nada malo le vaya a ocurrir. Cuando su hija responde, regresa la tranquilidad por un rato. Pero buscar la certeza tiene dificultades prácticas: siempre hay espacio para otra comprobación.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>¿Qué mantiene la reacción?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>En consulta puede ser útil reconstruir situaciones concretas: qué ocurrió, qué pensó la persona que podía pasar, qué hizo entonces y qué cambió después de hacerlo.</p>
<p>Descubrimos muchas veces que nuestra conducta a cumple la función de aliviar la incertidumbre. Ese alivio momentáneo explica por qué seguimos haciendo cosas que consideramos innecesarias.</p>
<p>Raquel es consciente de preguntar demasiado a su hija. Repetírselo aportará poco. Mejor saber qué ocurre durante los veinte minutos en los que intenta no escribirle y qué cambia cuando recibe la respuesta.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>«Sé que estoy exagerando. Lo que no entiendo es por qué vuelvo a hacer lo mismo». La ayuda psicológica puede empezar por esta simple reflexión.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>La difícil gestión del éxito</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Oct 2026 15:32:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[adaptación al cambio]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Si lo he conseguido, ¿por qué no me encuentro bien?</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Recuerdo que siendo niña había una familia que nos llamaba particularmente la atención entre las que venían a recoger a sus hijos al colegio. A nuestro juicio infantil, encarnaban el epítome de la familia de Hollywood: guapos, simpáticos, cordiales y siempre amorosos.</p>
<p>Quizás por eso cayó como un bombazo la noticia de que aquel hogar idílico se había transformado en una batalla campal. Los padres se habían separado en malos términos  y los hijos cambiaban de colegio. La causa, según se cuchicheaba por los pasillos, había sido un premio de lotería bastante abultado.</p>
<p>Cuesta creer que el buen pellizco económico fuese la razón profunda de la separación, pero sí da la impresión, por la avalancha de cambios posteriores, que reveló desajustes familiares soterrados o planteó nuevos problemas: decisiones sobre el dinero, proyectos incompatibles, relaciones familiares distintas o expectativas hasta entonces impensables.</p>
<p>No se trata de un caso extraordinario. Son muchos los ejemplos de personas cuyas vidas parecen desmoronarse cuando se cumple lo que tanto ansiaban.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>También hay que adaptarse a lo bueno</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Por regla general, asociamos la  necesidad de adaptación con acontecimientos desagradables: una separación, un despido, una enfermedad o la muerte de alguien cercano. Estos hechos, en ocasiones traumáticos, modifican notablemente nuestras vidas. Menos conocido, sin embargo, es el hecho de que  muchos acontecimientos deseables o ansiados también obligan a realizar un <a href="https://psicologiasanchinarro.com/miedo-al-cambio/">ejercicio de adaptación.</a></p>
<p>Un ascenso cambia las responsabilidades y la  relación con quienes hasta ayer eran compañeros. El éxito de un negocio puede alargar la jornada laboral. Una oposición aprobada nos obliga a trasladarnos de ciudad. Hasta un aumento de sueldo modifica las decisiones, expectativas y relaciones familiares.</p>
<p>Sería una tontería decir que los acontecimientos positivos son perjudiciales. Pero la repercusión de cualquier acontecimiento —positiva o negativa— depende en gran medida de los cambios que introduce en la vida de la persona  y de la capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>¿Problemas después de un éxito?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Pensemos en alguien que lleva años soñando con un ascenso. Por fin consigue dirigir el departamento en el que trabajaba y, pocos meses después, llega a consulta por ansiedad e insomnio.</p>
<p>Al preguntarle por los cambios que ha introducido ese ascenso en su vida, nos explica que ahora trabaja diez horas en lugar de ocho. Cuando evalúa el rendimiento de antiguos compañeros, algunos cuestionan sus decisiones. Antes consultaba las dudas con su responsable; ahora debe subsanar las dudas de los demás. Revisa el correo por la noche y dedica buena parte del domingo a preparar la semana porque no quiere meter la pata. Está mucho más pendiente de sus posibles errores: teme que los demás descubran que el puesto le viene grande. Su vida laboral es mucho más exigente desde el ascenso.</p>
<p>Debemos tener una cosa clara: que el malestar aparezca después de alcanzar una meta no nos dice qué lo está provocando.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Lo que funcionaba no funciona ahora</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Algunas dificultades no se manifiestan mientras las circunstancias permiten compensarlas.</p>
<p>Una persona puede desenvolverse bien en un puesto estructurado y tener serios problemas al ascender a otro que exige organizar el trabajo propio y el ajeno. Alguien acostumbrado a recibir reconocimientos puede depender de la valoración externa si adquiere visibilidad pública. Una pareja tal vez no tenga conflictos con la gestión del dinero mientras este es escaso y, sin embargo, se peleen por todo cuando han ganado la lotería, como en nuestra anécdota. En todos los ejemplos citados ocurre lo mismo: el acontecimiento favorable cambia las condiciones existentes hasta el momento.</p>
<p>Hemos de ser prudentes en la secuencia temporal. Que los síntomas aparezcan después de un ascenso, un premio o un reconocimiento profesional no prueba que ese acontecimiento sea su causa. Habrá que explorar qué ocurrió antes, qué cambió después y qué cosas suceden al mismo tiempo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Éxito previsto y consecuencias imprevistas</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Recientemente he leído un ejemplo extremo, pero revelador. Varios «Premios Nobel» han reconocido públicamente que el deseado reconocimiento cambió su vida para peor. Tenemos el caso terrible del escritor sueco Harry Martinson, convencido de que el galardón le había arruinado como escritor y persona; o el de Camilo José Cela y Nadine Gordimer, incapaces de escribir nada reseñable tras recibirlo. También el de Orhan Pamuk, cuya capacidad creativa voló por ensalmo y optó por convertirse en conferenciante de lujo. O el de Annie Arnaux que se quejaba de haberse convertido en un icono popular obligado a desenvolverse en un mundo pomposo y vacuo. La poeta polaca Wislawa Szymborska, por su parte, renegaba de su nueva existencia como «persona institucionalizada». El propio Juan-Paul Sartre rechazó el galardón porque no estaba dispuesto a correr el riesgo de que «afectase a sus escritos».</p>
<p>Una persona puede dedicar mucho tiempo y esfuerzo a conseguir algo y haber pensado muy poco en cómo será su vida si finalmente lo consigue. Conoce las condiciones del puesto al que aspira, pero no sabe cómo llevará dirigir a sus compañeros. Quiere que su empresa crezca, aunque nunca ha estado al mando de una empresa de cincuenta trabajadores. Busca reconocimiento público y descubre después qué supone que desconocidos opinen diariamente sobre su trabajo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Necesitamos saber qué ocurría antes del malestar. Tal vez haya una pérdida, un conflicto o una amenaza. Pero el malestar también puede aparecer después de conseguir lo que la persona llevaba años deseando.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/gestion-del-exito/">La difícil gestión del éxito</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>Una pregunta de nada</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Sep 2026 16:25:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[funciones ejecutivas]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>¿Cuánto dura una interrupción?</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Cuando era estudiante, solía complementar mis siempre magros recursos haciendo trabajillos aquí y allá. Uno de los que recuerdo como más exigentes fue el de teleoperadora y no solo porque lo de vender productos por teléfono me pareciese complicado, sino, sobre todo, por el tremendo bullicio de una centralita donde un montón de jóvenes e inexpertos teleoperadores nos preguntábamos a gritos las dudas más rocambolescas. Fui consciente entonces de lo complicado que es llevar a cabo una tarea cuando te acechan las interrupciones.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>¿Dónde estaba?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Una imagen frecuente. Estás redactando un informe, revisando unas cuentas o preparando una presentación. Llevas un rato trabajando y tienes bastante claro lo que quieres hacer. Entonces suena el teléfono. Atiendes una consulta de dos minutos y vuelves al documento. La pregunta es inevitable: ¿<em>Dónde estaba</em>?</p>
<p>Si hay suerte, recuperas el hilo enseguida. Si no, tienes que releer lo último que has escrito, comprobar de nuevo una cifra o recordar qué pensabas hacer después. Y justo cuando retomas la tarea donde la dejaste, alguien pregunta desde el otro lado de la sala: «¿<em>Tienes un minuto</em>?».</p>
<p>Las interrupciones son parte de la jornada laboral. Algunas son necesarias y otras no. Y aunque todos sabemos lo molestas que pueden ser —sobre todo si son evitables—, si nos pidiesen que calculásemos su coste en términos de tiempo para quien las sufre, probablemente responderíamos cosas como <em>«no era más que una pregunta breve», «no pasaría de treinta segundos» o «fue una llamada rápida»</em>. En ese cálculo, reducimos el tiempo de la interrupción al que dura nuestra consulta y la correspondiente respuesta y pasamos por alto el tiempo que requiere el otro para retomar lo que estaba haciendo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Volver a la tarea consume tiempo</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Cuando interrumpimos una actividad para atender otra, abandonamos temporalmente lo que tenemos entre manos. El tiempo que necesitamos para volver al punto en el que dejamos la tarea se conoce como <em>resumption lag</em> y su duración depende, entre otras cosas, de las características y duración de la interrupción, del tipo de actividad en el que estamos inmersos o de la cantidad de información que mantenemos activa en el momento en el que fuimos interrumpidos.</p>
<p>Obviamente, no es lo mismo ser interrumpidos mientras ordenamos una carpeta que mientras comprobamos unas cuentas o leemos un complejo informe. La carga de memoria de trabajo influye notablemente en el <em>resumption lag</em>.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>«Perdona que te moleste, pero…»</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Muchas interrupciones podrían evitarse antes de producirse.</p>
<p>A veces preguntamos porque no hemos escuchado bien una explicación anterior. O hemos leído tangencialmente un correo y hemos pasado por alto el párrafo que respondía a nuestra duda. Entonces viene el «perdona que te moleste».</p>
<p>Hay otra modalidad de interrupción frecuente: la de repartir entre los compañeros tareas que podemos resolver nosotros con un pequeño esfuerzo: «<em>Pregúntale a Antonio, que lo hace en un minuto</em>».</p>
<p>Seguro que Antonio sabe hacerlo  y, además, lo hace con rapidez. Pero Antonio también tiene sus propias tareas y a cada uno de esos «minutos de nada» hay que añadirle el tiempo de reenganche con la tarea que ha dejado momentáneamente.</p>
<p>Lo mismo ocurre con las llamadas sucesivas. Llamamos para resolver una duda. Diez minutos después recordamos otra y volvemos a llamar. Más tarde aparece una tercera. Por nuestra parte han sido tres consultas breves. Para la otra persona han sido, probablemente, tres interrupciones y tres intentos de recuperar lo que estaba haciendo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Las interrupciones no afectan igual a todos</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La capacidad para mantener información activa, tolerar interferencias y volver a una tarea después de abandonarla no es idéntica en todos los adultos. Incluso cambia en una misma persona según el cansancio, la complejidad de la actividad o lo familiarizada que esté con ella.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Antes de llamar, preguntar o gritar desde la otra punta de la sala dale una vuelta</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Hay preguntas que no pueden esperar y trabajos en los que las interrupciones forman parte de la actividad. Otras pueden dejarse para mejor momento o son evitables si nos detenemos un momento antes de preguntar.</p>
<p>Antes de interrumpir a un compañero o compañera podemos comprobar si la respuesta está en el correo que nos envió, pensar qué necesitamos preguntarle o anotar varias dudas para plantearlas conjuntamente sin necesidad de interrumpir varias veces.</p>
<p>Y también podemos prestar atención a los indicadores: una puerta cerrada, unos auriculares, varias hojas abiertas sobre la mesa, alguien revisando cifras o escribiendo sin levantar la vista aportan información sobre lo que está haciendo esa persona.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Y si aún seguimos necesitando preguntar, siempre podemos decir: «<em>Cuando termines, ¿me avisas? Tengo una duda</em>».</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Convivir con un hijo o hija con TDAH</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 24 Sep 2026 15:04:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[formación parental]]></category>
		<category><![CDATA[TDAH]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>«Pero si sabe perfectamente lo que tiene que hacer»</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p><em>«Pero si sabe perfectamente que tiene que recogerlo». «Ayer lo hizo sin ningún problema». «Se lo he repetido cinco veces». «Es capaz de pasarse dos horas con algo que le interesa y no aguanta diez minutos haciendo los deberes».</em></p>
<p>Buena parte del desgaste que produce el TDAH en la convivencia familiar tiene que ver con este tipo de contradicciones. Si nuestro hijo no supiese hacer algo, asumiríamos que necesita ayuda. La cuestión es que sabemos que puede hacerlo porque le hemos visto hacerlo muchas veces y, aún así, hoy vuelve a dejar la mochila sin preparar, no se mete en la ducha después de cuatro avisos o hay discusión porque tiene que apagar la consola.</p>
<p>El adulto no entiende estas contradicciones y las interpreta como falta de interés, dejadez, desafío o comodidad.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Lo sabe. Otra cosa es que consiga hacerlo</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Las dificultades características del <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tdah-y-sensacion-de-fracaso/">TDAH</a> giran en torno a las funciones ejecutivas, aquellas implicadas en iniciar una tarea, mantener un objetivo activo, <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tdah-desfase-ejecutivo/">inhibir una respuesta</a>, organizarse, estimar el tiempo o cambiar de una actividad a otra.</p>
<p>Un niño sabe lo qué tiene que meter en la mochila y, sin embargo, necesita que alguien le recuerde que debe prepararla. Conoce las normas de uso del móvil, pero tiene enormes dificultades para interrumpir una actividad que le proporciona una gratificación inmediata. Y puede haber hecho los deberes solo el lunes y no ser capaz de ponerse con ellos el martes.</p>
<p>Esta variedad desconcierta a los padres porque da la impresión de que el problema ha desaparecido: «Si ayer pudo, hoy también puede».</p>
<p>Que ayer pudiera hacerlo nos indica que sabe hacerlo. Que hoy no lo haga con la misma facilidad nos lleva a preguntarnos qué ha cambiado. Influyen la tarea, la motivación, las distracciones,  el<a href="https://psicologiasanchinarro.com/sentirse-desbordado/"> cansancio</a>, la inmediatez de la recompensa y hasta el momento del día.</p>
<p>Por otra parte, no toda conducta problemática de un niño con TDAH es una consecuencia inevitable del trastorno. Un diagnóstico no explica todo lo que ocurre en casa. Y, por ello, es imprescindible analizar situaciones concretas.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Esas repetitivas discusiones</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Algunos padres pueden anticipar con  precisión a qué hora comenzará la discusión de esa tarde y cuál será el motivo: los deberes, la ducha, recoger la habitación, dejar el móvil o preparar la mochila. Siempre es lo mismo.</p>
<p>Y también saben cómo se desarrollará. Habrá un primer aviso tranquilo. Después llegarán el segundo y el tercero. En algún momento aparecerá el «¡ya voy!»… sin que nada cambie. El adulto se enfadará y hará algo que se había propuesto no hacer: gritar, amenazar con un castigo imposible de mantener, retirar el móvil durante un mes o hará él mismo lo que llevaba veinte minutos pidiendo.</p>
<p>Antes de añadir otra norma u otra consecuencia conviene identificar qué está pasando. Tal vez estemos pidiendo al niño que interrumpa de golpe una actividad muy reforzante. O la tarea propuesta es demasiado amplia (el «ponte a estudiar» requiere gran cantidad de organización). O el niño ha aprendido que puede pasar de los primeros avisos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Los padres necesitan entender qué ocurre</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Muchas familias están bien informadas sobre el TDAH. Han leído, hablado con profesores y terapeutas y llevan años probando estrategias. El problema no es, por tanto, la falta de información, sino cómo aplicarla en la vida cotidiana</p>
<p>¿Cuántas veces debo recordárselo? ¿Le ayudo a organizarse o estoy haciendo algo que debería hacer solo? ¿Qué hago si se niega a apagar la pantalla? ¿Por qué un cambio de planes acaba en discusión desaforada? ¿Hasta qué punto debo insistir? ¿Por qué una estrategia que funcionó durante semanas ha dejado de funcionar?</p>
<p>Son preguntas concretas cuya respuesta se entiende mucho mejor cuando trabajando con situaciones concretas que las familias viven cada día.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Grupos online para familias de niños y adolescente con TDAH</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Con esta idea hemos creado los grupos online para familias de niños y adolescentes con TDAH. Cada encuentro parte de uno de estos problemas cotidianos y combina una breve explicación desde la neuropsicología con las preguntas, experiencias y dificultades que planteen las propias familias.</p>
<p><strong>No se trata de un curso sobre TDAH ni de una terapia de grupo</strong>. En este espacio analizaremos qué ocurre en esas situaciones que se repiten en tantos hogares: apagar las pantallas, empezar los deberes, tolerar un cambio de planes, controlar una reacción impulsiva o decidir cuánta ayuda necesita todavía tu hijo o hija.</p>
<p>Los grupos son reducidos y la asistencia a un encuentro no obliga a participar en los siguientes. Tú decides qué temas te interesan en función de las dificultades que tengas en casa.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>En nuestra <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/grupos-de-apoyo-a-las-familias-de-ninos-con-tdah/" target="_blank" rel="noopener">web de Psicología y Logopedia BlaBla</a> puedes consultar las fechas, los temas programados, el funcionamiento de los grupos y la forma de inscripción.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/convivir-con-un-tdah/">Convivir con un hijo o hija con TDAH</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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			</item>
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		<title>¿Cuánto me cuesta hacerlo bien?</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/estrategias-de-compensacion-en-el-adulto/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Sep 2026 11:29:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[TDAH adultos]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Estrategias de compensación en el adulto</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La viñeta que acompaña al post de hoy está inspirada en las dificultades que narraba una paciente para organizar sus citas, pese a su fama de ser «tremendamente puntual». «Si tengo una cita médica, no es raro que llegue una hora antes. El resultado es que me paso el día esperando. Pero sé que si no me pongo esos plazos, llegaré tarde».</p>
<p>Sin duda, su fama de puntual es bien merecida. Pero cuando analizamos los hechos, vemos una clara desproporción entre esfuerzo y resultado.</p>
<p>Estos datos son importantes cuando evaluamos a un adulto con posibles dificultades de atención, organización o planificación. La conducta actual nos aporta información parcial. El adulto ha tenido mucho tiempo para comprobar dónde falla, sufrir las consecuencias y buscar maneras de evitar que se repita.</p>
<p>Una persona que olvida citas puede haber adquirido la costumbre de anotarlas de inmediato en el móvil y programar varios avisos. Si pierde las llaves puede dejarlas siempre en el mismo recipiente nada más entrar en casa. Y si calcula mal el tiempo sale de casa con muchísimo margen. Las estrategias funcionan y la dificultad de base es poco visible.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Una persona desorganizada puede organizarse mucho</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Esta aparente contradicción se aprecia bien en algunos adultos con TDAH. Las dificultades ejecutivas afectan a la planificación, la gestión del tiempo, la memoria de trabajo o la organización. No los vemos, sin embargo, rodeados de avisos y no llegan tarde a todas partes. Probablemente sean muy rigurosos con sus agendas, preparen sus cosas con mucha antelación y tengan rutinas muy rígidas, porque saben lo que ocurre cuando improvisan.</p>
<p>Preguntar, durante la evaluación, si alguien utiliza agenda o si olvida sus citas con frecuencia no aporta excesiva información. Conviene indagar sobre otros aspectos como desde cuándo emplea ese sistema, por qué empezó a hacerlo y qué ocurre si un día no puede recurrir a él.</p>
<p>El uso de estrategias no demuestra la existencia de un TDAH. Muchas personas utilizan alarmas, calendarios y listas porque les facilitan la vida. Su valor durante una evaluación depende de la historia existente y de su relación con otras dificultades.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>La cantidad de esfuerzo proporciona información</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Imaginemos a dos empleados que cumplen sus plazos de trabajo y rara vez olvidan una reunión. Uno consulta su calendario al comienzo de jornada y se organiza sin demasiados problemas. El otro revisa varias veces sus citas, programa alarmas, anota inmediatamente cualquier cambio y dedica cada tarde un buen rato a preparar el día siguiente porque, de lo contrario, empiezan los olvidos y los retrasos. Ambos cumplen con sus obligaciones.</p>
<p>En el segundo caso, sin embargo,  mantener ese funcionamiento requiere un trabajo intensivo en términos de tiempo, previsión y control externo. Y habría que saber qué ocurre en épocas de mayor carga de trabajo, durante las vacaciones, si cambian las rutinas o, de pronto, surgen varias terapias imprevistas.</p>
<p>Las dificultades compensadas son más visibles en las situaciones en las que el sistema habitual se queda corto.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Una estrategia eficaz puede despistar</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La compensación es particularmente importante al evaluar al adulto porque muchos de ellos llevan décadas utilizando estrategias desde antes de plantearse que podían tener una dificultad concreta.</p>
<p>A veces ni siquiera las consideran estrategias. Comentarios del tipo «Yo siempre he sido de apuntarlo todo», «salgo una hora antes porque odio llegar tarde» o «si no dejo las cosas preparadas por la noche, por la mañana soy un desastre» pueden describir simples preferencias personales. Y también aportar información sobre cómo esa persona ha aprendido a manejar una dificultad persistente.</p>
<p>Para distinguir una cosa de otra necesitamos conocer su historia; cómo se organizaba de niño o adolescente, qué problemas tenía entonces, qué soluciones fue incorporando y qué ocurre si prescinde de ellas. En los trastornos del neurodesarrollo, la presencia de características desde etapas tempranas forma parte del razonamiento diagnóstico y evita atribuir automáticamente al TDAH dificultades que pueden tener otro origen.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Una evaluación basada exclusivamente en lo que el adulto consigue hacer actualmente es incompleta. Decir que alguien «se organiza bien», «es puntual» o «no olvida sus citas» describe el resultado. Necesitamos conocer también cómo lo consigue, cuánto esfuerzo le supone y qué ocurre si falla el sistema que utiliza habitualmente.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/estrategias-de-compensacion-en-el-adulto/">¿Cuánto me cuesta hacerlo bien?</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>La difícil tarea de no hacer nada</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/dificultad-para-no-intervenir/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Sep 2026 18:10:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[educación parental]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/dificultad-para-no-intervenir/">La difícil tarea de no hacer nada</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>cuando podríamos resolverlo en treinta segundos</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Por razones que no vienen al caso, este año hemos veraneado en un coqueto pueblecillo de interior, de esos en los que la espectacular naturaleza de la España vacía y el ritmo de vida pausado actúan como antídoto contra el exceso de revoluciones que traemos los urbanitas.</p>
<p>La experiencia rural ha sido apasionante  —tanto que hemos decidido repetirla en cuanto tengamos ocasión—. En mi caso ha sido, además, reveladora de algo que sabía, pero que en Madrid me cuesta llevar a la práctica: la mejor ayuda que podemos prestar a nuestros hijos es, con frecuencia, no hacer nada.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Si estás siempre presente, terminas interviniendo</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Quienes vivimos en una gran ciudad estamos acostumbrados a participar activamente en la vida cotidiana de nuestros hijos. Los llevamos y recogemos de sus actividades, esperamos mientras terminan, sabemos dónde están y con quién y organizamos sus desplazamientos. Esta presencia constante tiene una consecuencia esperable: estamos ahí en todo momento. Y cuando uno está siempre disponible, es fácil que termine interviniendo.</p>
<p>En el pueblo cambian las cosas. Las distancias son cortas, apenas hay tráfico, adultos y niños se conocen y las pandillas reúnen a chavales de todas las edades. Los niños entran y salen, van a buscar a un amigo, vuelven a por la pelota, cambian de plan sobre la marcha y no los vemos hasta que tienen hambre o se complican las cosas.</p>
<p>Los padres también cambiamos. Nos sentimos más tranquilos y dejamos de estar permanentemente pendientes de ellos. Esa menor presencia adulta tiene un efecto reseñable: nuestros hijos resuelven solos muchas más cosas.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Treinta segundos frente a media mañana</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Tres niños llevan un buen rato discutiendo porque uno quiere jugar al fútbol, otro prefiere montar en bicicleta y el tercero ha quedado con un amigo que no aparece. Tú, como adulto, necesitas  treinta segundos para ofrecer una solución: «Id primero a buscar a fulanito y luego decidís entre todos qué hacéis». Asunto resuelto.</p>
<p>Pero ¿hay alguna razón de peso para solventar la situación en treinta segundos? ¿qué aporta tu intervención a esos chavales? Cierto, les llevará bastante más tiempo ponerse de acuerdo si tú no estás ahí,  pero acabarán organizándose. Y aunque la solución alcanzada será probablemente peor que la tuya, es «su» solución. Mientras llegaban a ella, tres niños han realizado prácticas exhaustivas de un montón de habilidades complejas: exponer ideas, escuchar a los otros, discutir, ceder, convencer o, dado el caso, aceptar una propuesta que no era la nuestra, entre muchas otras.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>¿Pero por qué intervenimos?</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Intervenir no responde siempre a un exceso de protección. Podemos tener prisa. O nos incomoda ser testigos de una discusión cuyo final conocemos.  Nos cuesta escuchar por quinta vez que uno quiere fútbol y el otro bicicleta. Sabemos dónde está el niño al que buscan, cuánto dinero necesitan para comprar los helados o qué podría decir nuestro hijo para incorporarse a un grupo que ya está jugando. Tenemos la respuesta y, además, es eficaz… y con ella, el niño no aprende a resolver los problemas por sí mismo.</p>
<p>Con un adulto cerca, los atajos están a mano: «Mamá, ¿qué hago?». Es más, ni siquiera es necesario preguntar. Nos anticipamos: «Ve a buscar a fulanito», «dile que ahora te toca a ti», «llévate la bicicleta», «pregunta si puedes jugar», «¿por qué no hacéis otra cosa?».</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Aprender a tolerar el malestar</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Abstenernos de intervenir exige confiar en nuestros hijos y, sobre todo, tolerar el malestar que nos provoca una situación que podríamos resolver con facilidad. Tenemos experiencia, conocemos los problemas a los que se enfrentan y somos rápidos solucionándolos. Pero nadie aprende a gestionar su vida a través de la experiencia de otro.</p>
<p>¿Hemos de permanecer impasibles en todo momento? Obviamente, no. Hay situaciones (sobre todo de riesgo físico) en las que nuestra intervención será imprescindible. Pero, en muchas otras, solo sabremos hasta dónde puede llegar nuestros hijos si les damos la oportunidad de intentarlo.</p>
<p>Muchas de las conductas que atribuimos a nuestros hijos dependen en gran medida del contexto que los rodea. Un niño puede parecer muy dependiente cuando tiene cerca a un adulto dispuesto a recordarle, organizarle, advertirle y solucionar cualquier pequeño contratiempo.</p>
<p>En la ciudad esa disponibilidad aparece casi sin darnos cuenta. Si estamos esperando a la salida de una actividad y surge un problema, intervenimos. Si acompañamos a nuestros hijos al parque y discuten, intervenimos. Si quieren incorporarse a un grupo y dudan de cómo hacerlo, intervenimos.</p>
<p>El pueblo nos lo ha puesto muy fácil. No ha hecho falta proponernos fomentar la autonomía, establecer nuevas normas ni aplicar nuevas estrategias educativas. Simplemente les hemos dejado más espacio.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<blockquote>
<p>A veces resolvemos cosas o tomamos decisiones por nuestros hijos que estos podrían resolver o decidir perfectamente sin nuestra ayuda. Preguntémonos si lo hacemos para acabar antes o evitarnos un mal rato ante la idea de que fallen o lo pasen mal. Y, si es así, hemos de tener algo claro: lo hacemos por nosotros, no por ellos.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/dificultad-para-no-intervenir/">La difícil tarea de no hacer nada</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>Encerrar las emociones bajo llave</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/distanciamiento-emocional/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 07 Sep 2026 19:12:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[regulación emocional]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/distanciamiento-emocional/">Encerrar las emociones bajo llave</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
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			<h2><strong>Un ejercicio complicado</strong></h2>

		</div>
	</div>

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			<p>La noticia del fallecimiento repentino del padre del soldado Peláez recorre rápidamente el puesto militar donde el joven vive y presta servicio. Es bien sabido lo unido que Peláez está a su padre, por lo que la autoridad informante pide a su sargento que comunique al soldado la aciaga noticia con máxima sensibilidad.</p>
<p>—¡Sí, señor. Ningún problema, señor! —es la marcial respuesta del sargento. Y con castrense eficiencia convoca al batallón frente a los barracones.</p>
<p>—¡Soldados —vocifera el sargento con su imponente vozarrón—, todos aquellos de ustedes que tengan padre den un paso adelante!&#8230; ¿Pero se puede saber adónde vas, Peláez?</p>
<p>El sargento de este antiguo chiste es la representación esperpéntica de la falta de tacto, pero —por una de esas acrobacias mentales— me ha trasladado al terreno de los profesionales que han de aprender a manejar su respuesta emocional, en circunstancia difíciles, para poder cumplir con rigor lo que se espera de ellos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Sentir una cosa y tener que hacer otra</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p class="isSelectedEnd">Pienso en el juez que debe respetar la imparcialidad del proceso judicial en crímenes que conmocionan a la opinión pública. O en el empresario que ha de tomar, en situaciones de crisis, decisiones impopulares que afectarán a la vida de muchas personas. O en el cirujano que trasplanta el deseado riñón basándose en las expectativas de supervivencia, no en las bondades del receptor. O en el abogado que garantiza el derecho de defensa del acusado, por atroz que sea el delito cometido. O en el policía que, tras dejar a su niño en la guardería, detiene asépticamente al pederasta. El listado de posibles ejemplos sería inacabable.</p>
<p class="isSelectedEnd">Hablamos mucho de empatía, pero bastante menos de la distancia emocional que exige el ejercicio de algunas profesiones: impedir que las emociones, por intensas que sean, determinen una decisión profesional que —tengo la impresión— puede estar acompañada de una buena dosis de dilema ético y desgaste personal.</p>
<p class="isSelectedEnd">Las emociones participan en nuestra forma de interpretar lo que ocurre, valorar sus consecuencias y tomar decisiones. Es poco realista pensar que un juez, un médico, un policía o un empresario pueden desprenderse de sus emociones al entrar a trabajar y recuperarlas al final de la jornada. Y, sin embargo, su actuación está sujeta a criterios profesionales, jurídicos, clínicos o éticos en los que la emoción no puede ser el criterio decisorio.</p>
<p>Mantener cierta distancia emocional no significa sentir menos. La persona comprende las consecuencias de lo que está haciendo y, por eso, la decisión es más difícil. Puede estar convencida de hacer lo que debe y, sin embargo, lamentar las consecuencias. Ha cumplido sus obligaciones profesionales, pero sigue pensando en quien no ha recibido el trasplante, en el trabajador despedido o en la familia a la que ha comunicado una mala noticia.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Aparcar una emoción no es dejar de sentirla</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Hay, además, una diferencia importante entre contener temporalmente una emoción para poder actuar y acostumbrarse a no sentirla. En determinadas situaciones, será necesario aparcar el miedo, la pena, la culpa, la compasión o el rechazo.</p>
<p>En algunas profesiones este tipo de situaciones son excepcionales. En otras forman parte intrínseca del trabajo. Y cuando se repiten una y otra vez, pueden terminar pasando factura. Las dudas posteriores, la sensación de haberse endurecido, el miedo a llevarse el trabajo a casa o la dificultad para explicar a los demás por qué se tomó determinada decisión son causa de desgaste.</p>
<p>También puede ocurrir que ese distanciamiento emocional deje de circunscribirse al trabajo. Mantener la cabeza fría ante una situación especialmente dura es una herramienta profesional útil. Seguir funcionando así cuando esas circunstancias desaparecen, no.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Hacer lo correcto también duele</strong></h3>

		</div>
	</div>

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<p>A veces se habla de «malestar moral» para describir el conflicto experimentado cuando las obligaciones profesionales, las circunstancias o las normas de una institución colocan a la persona ante decisiones que chocan con lo que desearía hacer. No hace falta cometer un error para sentirse mal. De hecho, una de las peculiaridades de estas situaciones es que el malestar puede aparecer aun teniendo la convicción de haber actuado correctamente.</p>
<p>Tampoco es razonable dejar todo ese coste emocional en manos del profesional. El apoyo de los compañeros, la supervisión y los espacios en los que poder hablar de determinadas experiencias son importantes en trabajos sometidos a este tipo de exigencias.</p>
</div>
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		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Distancia emocional no es insensibilidad</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La sensibilidad no está reñida con ninguna de las profesiones citadas. Pero hay ocasiones en las que es necesario tomar una decisión atendiendo a criterios profesionales que no coinciden con lo que desearíamos hacer. Una decisión profesionalmente correcta puede ser una dura carga para quien la toma.</p>
<p>Encerrar las emociones bajo llave durante un rato puede ser necesario para actuar conforme a esos criterios. Otra cosa es pretender que no estaban allí o no encontrar el momento de abrir de nuevo la puerta.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Vuelvo al soldado Peláez. El sargento del chiste no es un buen ejemplo de distancia emocional. Para mantener cierta distancia de una emoción, tiene que haber una emoción que manejar. El juez lamenta las consecuencias de su sentencia; al médico le afecta la suerte de su paciente; al empresario le preocupa el futuro de quien acaba de despedir. El sargento, sencillamente, no se plantea cómo puede sentirse Peláez. Y eso es insensibilidad.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/distanciamiento-emocional/">Encerrar las emociones bajo llave</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>La pastilla adecuada</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/cansancio-y-depresion/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Jul 2026 12:41:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[malestar físico]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>Una úlcera de largo recorrido</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>En una cena de antiguos alumnos tuve la alegría de encontrarme con Claudia,  una compañera de facultad de la que recuerdo sobre todo dos cosas: su impresionante inteligencia y que casi siempre se le fastidiaban los planes que hacía con el grupo por culpa de una úlcera que —según ella— le daba problemas desde niña.</p>
<p>Claudia lo había probado  todo: tratamiento de <em>Helicobacter pylori</em>, dietas rigurosas, restricciones de bebidas, un arsenal de protectores y antiácidos, no dejar el estómago vacío (eran famosas las galletas María que engullía apena notaba las primeras molestias), cama en los peores momentos y  múltiples entradas y salidas del hospital.  Sabíamos cuando estaba mal con solo mirarle la cara. Ella lo llamaba «mi rictus de ulcerosa».</p>
<p>En la cena citada estaba espléndida. Le pregunté, en broma, qué medicamento milagroso había descubierto. «Me enamoré del hombre más previsible y soso del mundo», me contestó riéndose. «Mi vida con él es un remanso de paz. Y no hay úlcera que resista esa tranquilidad de espíritu. Hoy tengo un estómago a prueba de bomba».</p>
<p>Obviamente, enamorarse de una persona tranquila no es el tratamiento estrella para sanar una úlcera. Tampoco la historia de Claudia permite saber cuánto ha tenido que ver el cambio de vida con su mejoría. Pero mi amiga intuía que la desaparición de sus molestias estaba vinculada a un contexto de tranquilidad, predicibilidad y escasísimos sobresaltos. Por mi parte, estoy convencida que esa «ausencia de estrés» había sido, en su caso, un estupendo coadyuvante de cualquier otro tratamiento que hubiese seguido.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>El viacrucis por los especialistas</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Algunos pacientes  llegan a consulta con una gruesa carpeta de informes médicos. Han pasado por el traumatólogo, el neurólogo, el digestivo y el otorrino. Se han hecho análisis, radiografías, resonancias y otras pruebas cuyos nombres ni recuerdan. En ocasiones se ha identificado la causa y han recibido tratamiento. En otras, las pruebas no explican por qué siguen teniendo dolor, tensión muscular, cefaleas, molestias digestivas, sensación de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tratamientos-depresion-persistente-distimia/">presión en el pecho</a> o la mandíbula siempre apretada.</p>
<p>Empieza entonces un recorrido desesperante. Las pruebas salen bien y eso siempre es una buena noticia, pero el malestar sigue ahí.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Cuerpo y mente caminan de la mano</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La relación entre nuestro estado psicológico y determinadas funciones corporales está bien documentada. El sistema nervioso autónomo, el sistema endocrino y el inmunitario participan en la respuesta al <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tratamientos-estres/">estrés</a> y pueden modificar procesos tan físicos como la tensión muscular, la respiración, el sueño, la sensibilidad al dolor o el funcionamiento gastrointestinal.</p>
<p>El aparato digestivo es un ejemplo especialmente claro. Hablamos del eje «intestino-cerebro» para describir un sistema de comunicación bidireccional. El cerebro influye en el intestino y recibe a su vez un flujo continuo de información procedente de nuestro aparato digestivo. El <a href="https://psicologiasanchinarro.com/calor-y-efectos-en-la-productividad/">estrés</a> puede modificar la motilidad y sensibilidad intestinal provocando o exacerbando los síntomas en algunos trastornos de la interacción intestino-cerebro. Eso no significa que una persona tenga dolor abdominal «porque está nerviosa» ni que sus síntomas sean imaginarios. El dolor es real. Las náuseas son reales. La diarrea, el estreñimiento o la sensación de plenitud son reales.</p>
<p>Con el dolor sucede algo parecido. Pasar una semana preocupado no tiene por qué provocar una cervicalgia ni toda cervicalgia tiene una explicación emocional. Pero dormir mal, estar en tensión, reducir nuestra actividad, respirar de determinada forma o mantener contraída la musculatura contribuyen a la aparición o mantenimiento de esas molestias.</p>
<p>También se produce el recorrido inverso. Una persona con dolor duerme peor, abandona la actividad, se mueve menos, está más cansada y, probablemente, pendiente de las señales de su cuerpo. El mismo dolor termina despertando nuevas inquietudes: «¿Y si esta vez hay algo grave?». El organismo y el estado psicológico se influyen mutuamente y es difícil  establecer dónde empezó todo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>«Me dicen que no tengo nada»</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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<div class="markdown prose dark:prose-invert wrap-break-word w-full light markdown-new-styling">
<p>Esta es una de las frases menos afortunadas que puede escuchar alguien que lleva tiempo encontrándose mal.</p>
<p>Que una resonancia, una analítica o una exploración hayan descartado determinadas enfermedades significa exactamente eso: que esas enfermedades no se han encontrado, no que la persona invente sus síntomas. La experiencia del dolor depende de más cosas que del estado de un músculo, una articulación o un tejido concreto.</p>
<p>Buscar indefinidamente una lesión que explique cada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/no-saber-que-sientes/">sensación corporal</a> puede no ser el camino más útil. Una vez realizadas las valoraciones médicas necesarias, conviene ampliar la peregunta. Además de «¿qué lesión tengo?», es importante identificar qué hace que el problema aparezca, qué lo empeora, qué lo alivia, cómo estamos durmiendo, cuánto nos movemos o qué ha cambiado en nuestra vida.</p>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</section>
</div>
</div>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>¿Dónde está la respuesta?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Una mandíbula dolorida puede necesitar una valoración de la articulación temporomandibular y de la musculatura implicada. Una cervicalgia requiere explorar movilidad, fuerza y otros posibles factores musculoesqueléticos y un dolor persistente necesita conocer su historia y descartar aquello que deba ser estudiado médicamente. Si además esa persona lleva meses durmiendo mal, vive en estado de<a href="https://psicologiasanchinarro.com/ansiedad-como-copiloto/"> ansiedad</a>, ha abandonado prácticamente toda actividad o pasa buena parte del día pendiente de sus sensaciones físicas, hemos de prestar atención a esos factores.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<blockquote>
<p>No pretendemos encontrar una explicación psicológica a cada dolor de espalda ni buscar una contractura tras un periodo de ansiedad. La rodilla puede doler porque hay una lesión. Y un dolor nuevo, intenso, persistente o acompañado de otros síntomas puede requerir valoración médica. Pero hay quien lleva mucho tiempo peregrinando de consulta en consulta intentando averiguar qué especialista tiene la respuesta a lo que le pasa. Y,  cuando eso ocurre, es el momento de preguntarnos si la explicación es exclusivamente médica.</p>
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