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	<title>Psicología BlaBla</title>
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	<title>Psicología BlaBla</title>
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		<title>Dinámicas de pareja que contribuimos a crear</title>
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		<pubDate>Wed, 27 May 2026 14:14:09 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[dinámicas de pareja]]></category>
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			<h2><strong>Todo recae en mí</strong></h2>

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			<p>«No entiendo cómo hemos llegado a este punto. Carlos no era así. De hecho, lo recuerdo como una persona dinámica y emprendedora. Hoy, sin embargo, parece haberlo delegado todo en mí. Y mi vida cotidiana se ha transformado en un montón de obligaciones. A estas alturas, todo parece ser responsabilidad mía».</p>
<p>Escuchamos esta queja con relativa frecuencia. Un miembro de la pareja se lamenta de un desequilibrio en la relación que no existía en un principio.  Y probablemente fuese así, porque estos desequilibrios suelen ser resultado de pequeñas acciones, a veces imperceptibles, que nadie se cuestiona al principio.</p>
<p>Una persona empieza encargándose de determinadas funciones porque se siente cómoda haciéndolo. Organiza, recuerda fechas, propone planes, calma tensiones, cede antes de discutir o asume tareas sin pedir ayuda. La otra parte se acostumbra. Unas veces ocurre por simple adaptación; otras, porque esa dinámica también le beneficia. Delegar responsabilidades, evitar conflictos o dejar que otro tome la iniciativa es más cómodo que cuestionar un reparto de cometidos que aparentemente funciona. Es posible, incluso, que cuando ha tratado de encargarse de algo, su pareja le ha disuadido. Además, cuando alguien resuelve las cosas con rapidez y eficacia, el otro tiene pocos incentivos para intervenir.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>Cuando las cosas se tuercen</h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Todo parece rodar sin dificultades hasta que la persona que considera «tirar del carro» empieza a sentirse ignorada, cansada, sobrepasada o directamente utilizada. El pensamiento de «todo lo hago yo» se manifiesta de forma recurrente. Y, así es: el reparto de funciones es objetivamente desigual.</p>
<p>Esta es la situación que encontramos en consulta: un miembro de la pareja —que espera un comportamiento del otro que no se produce— vive la relación con resentimiento mientras la otra parte no entiende qué está pasando.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>La repetición normaliza ciertos patrones</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>La repetición es un eficaz instrumento para consolidar dinámicas. Lo que se tolera, se normaliza.</p>
<p>El problema surge cuando normalizada una situación, esperamos que el otro llegue por sí mismo a determinadas conclusiones. Queremos que note nuestro cansancio. Que entienda que necesitamos más implicación. Que se dé cuenta de que algo ya no nos compensa. A veces ocurre… y muchas veces, no.</p>
<p>Obviamente, puede haber egoísmo o desinterés. Pero casi siempre tiene más que ver con la habituación que con una intención deliberada. Los seres humanos nos acostumbramos rápidamente a aquello que genera sensación de estabilidad y, para que negarlo, adaptarse a esta situación resulta mucho más fácil si además nos evita responsabilidades que no nos apetecen demasiado.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Quién cuida y quién se acostumbra a ser cuidado</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Algunas personas adoptan fácilmente el papel de cuidador, organizador o sostén de la relación. Les cuesta pedir, marcar límites o tolerar el malestar que produce decepcionar a alguien. Otras tienen facilidad para lo contrario: esperan, delegan, dejan que el otro tome la iniciativa o resuelva problemas sin preguntarse demasiado si el reparto es justo. Y está el grupo de quienes han decidido adaptarse a la situación porque sus intentos iniciales de equilibrar las cosas no se han visto secundados.</p>

		</div>
	</div>

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			<p>Estas dinámicas pueden mantenerse durante mucho tiempo. Y mientras tanto, la parte sobrecargada experimenta un resentimiento larvado a la espera de unos cambios en su pareja que no se producen. De hecho, es habitual que esta última se  sienta desconcertado ante las quejas porque, aunque desde fuera puede ser evidente el desequilibrio, no se percibe así dentro de la relación, sobre todo, si las dinámicas están bien consolidadas.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Favorecer lo que después criticamos</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Tocamos aquí un espinoso aspecto: cómo a veces favorecemos dinámicas que después criticamos.</p>
<p>Por lo general, nadie desea una relación en la que acaba agotado o sintiéndose poco valorado. Podemos, sin embargo, reforzar sin darnos cuenta determinados patrones —por necesidad de aprobación, miedo al conflicto, deseo de adaptarnos al otro o cualquier otra razón— que, con el tiempo, conducen precisamente a eso.</p>
<p>Reconocer nuestra participación en el estado actual de la relación nos obliga a analizar las cosas de una forma menos simplista que la mera búsqueda de culpables.</p>
<p>Cuando reducimos el análisis a «lo que el otro no hace», dejamos fuera aspectos importantes: qué hemos tolerado, qué hemos reforzado sin querer y qué necesidades no hemos sabido —o podido— expresar a tiempo.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>Conversaciones que nunca llegan</h3>

		</div>
	</div>

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			<p>En algunas parejas, el problema no es solo la falta de colaboración o atención, sino de conversaciones que nunca llegan o llegan demasiado tarde, después de meses o años de desgaste y resentimiento acumulado. Cuando se produce esa conversación parece un ajuste de cuentas.</p>
<p>La persona acostumbrada a responsabilizarse de todo puede sentirse egoísta cuando empieza a poner límites. La otra vive esos cambios como un ataque o una injusticia: «antes no te molestaba». Ninguna de las dos entiende que  está pasando porque la relación se ha organizado en torno a un equilibrio precario.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Dinámicas consolidadas sin darnos cuenta</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Conviene prestar atención no solo a lo que hace la otra persona, sino a las dinámicas que consolidamos nosotros mismos sin darnos cuenta. Las relaciones no se construyen solo con decisiones conscientes. Los hábitos repetidos, los silencios mantenidos durante años y los conflictos evitados una y otra vez tienen igual importanica sino más.</p>
<p>Un «no te preocupes, yo lo hago» repetido en el tiempo puede generar, a la larga, desequilibrios desgastantes para una parte, máxime si no se cumplen unas expectativas que no es capaz de comunicar con franqueza a la otra persona.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<blockquote><p>
Una relación es cosa de dos. Y en esta ecuación cada una de las partes debe preguntarse con sinceridad cuál es su responsabilidad en los desequilibrios que ahora tanto le molestan.
</p></blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>El cansancio de medir cada palabra</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/empobrecimiento-conversacional/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 27 May 2026 12:11:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[autocensura]]></category>
		<category><![CDATA[redes sociales]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
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			<h2>Empobrecimiento de espíritu</h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Hace años un amigo me comentó apenado que había pedido el traslado a otra ciudad. La noticia me sorprendió, porque adoraba vivir junto al mar y no le habría creído dispuesto a renunciar a eso.  Había llegado un punto —me aclaró— en el que conversar con amigos, clientes o familiares le producía un malestar constante. Cualquier comentario intrascendente podía terminar en una discusión agria o un malentendido.</p>
<p>El repertorio de temas «no problemáticos» se había reducido tanto que hablar del tiempo parecía la única opción razonable. Estaba cansado de no poder expresar una opinión sin calcular antes el posible coste.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>La autocensura por norma</h3>

		</div>
	</div>

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			<p>La autocensura, en realidad, no tiene nada de nuevo. Ha existido siempre, ya fuese por cuestiones políticas, religiosas o morales, en particular en sociedades donde discrepar podía tener consecuencias serias. Durante décadas, la gente aprendió a callar por miedo a las represalias de instituciones y figuras de autoridad. Y también a la más sutil (aunque tremendamente eficaz) crítica del entorno cercano.</p>
<p>¿Cuál es la diferencia entonces?</p>
<p>En el pasado había normas muy claras.  Eran, en muchos casos, rígidas, injustas y opresivas, pero el marco era reconocible: si haces esto, serás <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/el-castigo-negativo/" target="_blank" rel="noopener">castigado</a> con esto otro. Hoy las reglas cambian deprisa, dependen del contexto y varían según el grupo, el momento o la plataforma desde la que se habla. Esa incertidumbre genera un estado de hipervigilancia que resulta agotador para muchos.</p>
<p>Buena parte del control social no procede ya de instituciones o figuras de autoridad. Se produce entre iguales: al entorno inmediato se suma la presencia abrumadora de las <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/ninos-redes-sociales-y-culto-a-la-imagen/" target="_blank" rel="noopener">redes sociales</a>, en cualquiera de sus versiones. La experiencia emocional se ha modificado: no sabemos qué comentario provocará hostilidad, qué matiz se interpretará como agresión o en qué momento una conversación sin importancia se transformará en un examen moral.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>El ecosistema perfecto para el malentendido</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Las redes sociales han alterado la estructura propia de la conversación humana. En la comunicación cara cara hay gestos, pausas, ironía, una historia compartida y señales emocionales que nos ayudan a interpretar la intención del otro. En internet nada de esto existe y abunda el anonimato. El mensaje se reduce a un texto y el lector completa los huecos desde sus prejuicios, expectativas o estado emocional.</p>
<p>Además, las redes premian dinámicas deficientes desde el punto de vista comunicativo como la reacción rápida, la indignación exagerada, el sarcasmo o las respuestas contundentes. Dado que los matices requieren tiempo, contexto y la predisposición a la reflexión, su acogida es bastante más tenue.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>La conversación como ejercicio defensivo</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>La conversación humana necesita un mínimo de confianza, entendida como la expectativa razonable de que el otro tratará de comprender lo que queremos decir antes de atribuirnos mala fe sin más. Sin esa confianza básica, cualquier <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/mas-pipas-menos-pantallas/" target="_blank" rel="noopener">intercambio comunicativo</a> se transforma en un ejercicio defensivo y, por consiguiente, falto de naturalidad.</p>
<p>Cuando las personas sienten que deben vigilar cuanto dicen desaparece la espontaneidad, crece la ansiedad interpersonal y hace su presencia la evitación. Ente el hartazgo de justificar cualquier opinión o el riesgo de enzarzarse en discusiones infructuosas, muchos optan por callar.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>Censura y autocensura</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>La censura clásica es externa y visible. La autocensura es más difícil de detectar porque parece una elección personal y no impuesta. Nadie te obliga a callar. Pero a fuerza de desgaste se aprende qué temas conviene evitar y qué opiniones, vertidas en determinados lugares, convertirán una conversación banal en un campo de batalla.</p>
<p>Cuando la conversación muta en mecanismo de posicionamiento, no importa comprender al otro, sino demostrar tu pertenencia al grupo correcto. Las ideas ceden el paso a las pruebas de lealtad: con quién estamos, qué lenguaje utilizamos, a quién criticamos o defendemos.</p>
<p>Se dispara la polarización, tan atractiva en momentos de incertidumbre. Nada mejor que los mensajes contundentes para simplifica la realidad, reforzar la identidad grupal y crear sensación de pertenencia. Los matices, con su cuestionamiento de las certezas absolutas, tienen la facultad de generar dudas. Y las dudas son poco agradables.</p>
<p>Cuanto más se endurecen los bandos, más difícil es conversar con quien piensa de otra forma. La discrepancia no se interpreta como diferencia de criterio sino como amenaza al grupo o a la identidad personal.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>La discrepancia asumida con respeto</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>No todas las opiniones tienen el mismo valor. Hay argumentos sólidos y argumentos disparatados; comentarios razonables y comentarios crueles. Dicho esto, una conversación adulta exige poder discrepar sin que eso active automáticamente el desprecio, la descalificación personal o la sospecha moral.</p>
<p>También requiere tolerar cierto grado de fricción: aceptar que el otro puede cuestionar nuestras ideas y que podemos equivocarnos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote><p>
El desgaste provocado por la autocensura termina encorsetando la conversación. Se habla menos. Se pregunta menos. Desaparecen los matices y la comunicación —esa cualidad tan maravillosamente vinculada con la psique humana— termina empobreciéndose y, con ello, nuestra capacidad para establecer vínculos con el otro. Muchos silencios nacen del hartazgo, no de la prudencia.
</p></blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Un delicioso bacalao</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 May 2026 11:41:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[dinámicas del poder]]></category>
		<category><![CDATA[laboral]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2>&#8230; que termina atragantándose</h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Hace algunos meses descubrí un restaurante en el que preparaban un delicioso bacalao a la portuguesa, amén de unos postres caseros para chuparse los dedos. La experiencia fue tan agradable que, días después, propuse a unos amigos que cenásemos allí. Fue una cena salpicada de charlas, comentarios elogiosos hacia los platos y muchas risas. Al menos hasta que el camarero que nos atendía cometió lo que debía de ser un error mayúsculo, a juzgar por la reacción de su jefe.</p>
<p>Todos los presentes asistimos a un intercambio poco afortunado de palabras entre empleador y empleado —más del primero que del segundo— que no voy a reproducir aquí.</p>
<p>El comportamiento se repitió poco después con otra trabajadora. Tanto para mis amigos como para mí —y sospecho que también para buena parte del resto de comensales— la situación fue tan desagradable que terminamos saltándonos la sobremesa y pidiendo la cuenta antes de lo previsto.</p>
<p>Por casualidades de la vida, hace unos días volví a pasar ante el restaurante. En una de sus ventanas colgaba un apesadumbrado cartel de «Local en alquiler».</p>
<p>Son muchas las posibles causas del cierre de un negocio. Un arrendamiento inasumible, un cambio en las circunstancias personales de quien lo gestionaba o incluso —Dios no lo quiera— su fallecimiento. Pero mi único recuerdo ante aquel cartel fue el del jefe abroncando a sus empleados y el posterior efecto de desbandada, más o menos encubierta, de los clientes.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>El precio de humillar al otro</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Los seres humanos reaccionamos mal ante la humillación pública, aún cuando sea otro quien la sufre.</p>
<p>Hay algo muy incómodo en presenciar cómo una persona utiliza su posición de autoridad para ridiculizar a otra delante de terceros. El carácter impulsivo, el estrés o las exigencias del trabajo son justificaciones habituales. Pero dudo mucho que la mayoría de nosotros apruebe un trato inadecuado y humillante en público, sea cual sea su justificación, por la sencilla razón de que somos seres empáticos.</p>
<p>Este tipo de comportamientos genera el rechazo, por consiguiente, no solo el de aquellos cuyo pan de cada día depende de esa persona. También el de quienes observan la escena desde fuera: se trasmuta el ambiente, se tensan las conversaciones y crece la incomodidad.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Lo que dice la psicología del trabajo</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La psicología del trabajo pone de manifiesto algo evidente para cualquiera que haya trabajado en un entorno hostil: las personas no funcionan igual bajo una vigilancia constante o en contextos donde cualquier error da lugar a una reprimenda pública. Algunos empleados trabajan con miedo (lo que provoca errores). Otros se desconectan emocionalmente de lo que hacen. Y muchos acaban limitándose a cumplir lo imprescindible para evitar problemas.</p>
<p>Quien se enfrenta a esta situación desarrolla una hipervigilancia difícil de apreciar desde fuera. Aprende a anticipar cambios de tono, gestos o reacciones del superior para intentar evitar el siguiente conflicto. Este estado de vigilancia consume una enorme cantidad de energía mental. Y como buena parte del esfuerzo se dedica a no equivocarse, termina resintiéndose la calidad del trabajo.</p>
<p>Dirigir un negocio no es sencillo y los conflictos laborales no pueden evitarse siempre. Los trabajadores se equivocan, los clientes exigen y hay días en los que todo parece conjurarse para salir mal. Pero no hay ninguna buena razón por la que, ante una situación inconveniente, no se pueda pedir con amabilidad a un trabajador que acompañe a su responsable a un lugar discreto y resolver allí el problema, fuera del alcance de compañeros y clientes.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>La humillación no es sinónimo de autoridad</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Hay una idea errónea y, sin embargo, bastante extendida: pensar que cuanto más visible es la bronca mayor autoridad se trasmite. En realidad, suele ser lo contrario. Quien presencia esas escenas no admira a quien humilla. Lo percibe como alguien arbitrario, incapaz de controlarse o que, incapaz de argumentar con razonamientos, necesita imponerse a través de los gritos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Un establecimiento agradable, con una magnífica carta y, por lo que pude observar, un personal atento, termina asociado al recuerdo de alguien tratando mal a sus empleados. Y aunque aquella no hubiera sido la causa del cierre, sospecho que habría terminado siéndolo tarde o temprano, por muy bien que cocinase el bacalao.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/humillacion-publica/">Un delicioso bacalao</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>De la postverdad y otras cosas</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/de-la-postverdad/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 20 May 2026 14:30:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[miedo]]></category>
		<category><![CDATA[sesgos]]></category>
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			<h2>Percepción de peligro y datos objetivos</h2>

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	</div>

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			<p>En un reciente artículo sobre la posverdad, la profesora Montserrat Crespin Perales explicaba, desde  una óptica diferente, la facilidad con que asumimos como veraces las <em>fake news</em>, el <em>clickbait</em>, el <em>whispering</em> y demás modalidades de bulos, incluso quienes solemos presumir de espíritu crítico.</p>
<p>Ese artículo volvió a mi mente al escuchar esta mañana el comentario de un vecino sobre «el miedo que da salir a la calle con tanto delincuente suelto». No es la primera vez que oigo algo parecido, también en los medios de comunicación. Sinceramente, creo tener la suerte de vivir en una zona del planeta donde los índices de delincuencia —caso aparte son los terribles crímenes de violencia doméstica— son relativamente bajos. Pese a ello, algunas personas parecen sentirse como colonos atravesando las tierras del Lejano Oeste.</p>
<p>Su representación de la realidad no parte tanto de la experiencia directa como de la información —o desinformación— que reciben a través de medios de comunicación, redes sociales y conversaciones repetidas hasta la saciedad.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>La construcción del miedo cotidiano</h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Este mecanismo es bien conocido. Nuestra percepción del<a href="https://www.logopediasanchinarro.es/lo-que-sigue-a-una-caida/" target="_blank" rel="noopener"> peligro </a>no depende solo de los datos objetivos. El cerebro concede mucha importancia a aquello que se repite, genera una emoción intensa o es fácil de recordar. Si durante semanas consumimos vídeos de agresiones, titulares alarmistas y noticias seleccionadas para provocar indignación o miedo, acabamos teniendo la sensación de que vivimos rodeados de amenazas, aunque las estadísticas digan otra cosa.</p>
<p>No hacen falta conspiraciones sofisticadas. Un entorno informativo construido para captar la atención es suficiente. El miedo funciona muy bien para eso.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>La presunción de veracidad</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Montserrat utiliza una expresión que me parece especialmente acertada: la «presunción de veracidad» que otorgamos a los periodistas. Los ciudadanos tendemos a confiar (aunque esto está cambiando) en los reporteros como lo hacemos en médicos, psicólogos o, si somos creyentes, en nuestros guías espirituales. No tanto porque pensemos que son infalibles, como porque necesitamos orientarnos en asuntos que desconocemos o que no podemos comprobar personalmente.</p>
<p>Y cada vez dependemos más de ese conocimiento indirecto. El volumen de información crece a tal velocidad —la IA es solo el último ejemplo— que el individuo sabe menos sobre más cosas y necesita apoyarse continuamente en especialistas. Especialistas que, además, solo conocen una parte limitada de ese conocimiento global. A eso llamamos especialización.</p>
<p>Desde el punto de vista psicológico, esta dependencia del testimonio ajeno es completamente normal. Ninguno de nosotros podría verificar por sí mismo la mayor parte de lo que cree saber. El problema aparece cuando confundimos autoridad con objetividad o cuando dejamos de distinguir entre información contrastada y contenido diseñado para producir impacto emocional.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Sesgos cognitivos y éxito de la información</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>También influye el conocido<a href="https://psicologiasanchinarro.com/sesgo-de-confirmacion/"> sesgo de confirmación</a>. Tendemos a aceptar con menos resistencia aquello que encaja con nuestras ideas previas y a desconfiar de lo que las contradice. Raramente recibimos la información de forma neutral. Por lo general, buscamos confirmar una impresión previa del mundo.</p>
<p>Montserrat cita una frase de Ryszard Kapuściński, considerado uno de los grandes corresponsales del siglo XX: «las malas personas no pueden ser buenos periodistas». Imagino que Kapuściński tenía un excelente concepto de sí mismo, aunque ficcionó parte de sus escritos y tergiversó hechos para apoyar a unos cuantos dictadores próximos ideológicamente a sus creencias.</p>
<p>Personalmente, nunca me ha convencido demasiado esa idea de relacionar calidad profesional y bondad moral. Ser buena persona no garantiza rigor, del mismo modo que ser moralmente cuestionable no impide escribir una gran novela o hacer buen periodismo. Para confiar en un periodista me basta con pensar que contrasta razonablemente sus fuentes, diferencia información de opinión e intenta comunicar con honestidad intelectual, aun sabiendo que la objetividad absoluta probablemente no exista.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>La <a href="https://psicologiasanchinarro.com/desinformacion-y-salud-mental/">desinformación</a> no funciona porque la gente sea ingenua o estúpida. Funciona porque aprovecha mecanismos mentales normales: nuestra tendencia a buscar coherencia, a recordar antes lo impactante que lo cotidiano y a confiar en aquello que confirma lo que ya sospechábamos. Incluso quienes creemos estar vacunados contra los bulos solemos bajar bastante la guardia cuando la información coincide con nuestra visión del mundo.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/de-la-postverdad/">De la postverdad y otras cosas</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>El adolescente como problema familiar</title>
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		<pubDate>Wed, 20 May 2026 08:48:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[castigo]]></category>
		<category><![CDATA[educación parental]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/adolescente-y-castigo/">El adolescente como problema familiar</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
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			<h2><strong>Padres e hijos atrapados en el conflicto</strong></h2>

		</div>
	</div>

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			<p>Las calificaciones, las malas contestaciones, la falta de esfuerzo… cuando las conversaciones familiares se convierten en una sucesión de reproches, las partes implicadas en esta dinámica agotadora se embarcan en un ejercicio anticipatorio: los padres anticipan discusiones por cualquier motivo y el o la adolescente  anticipa una nueva recriminación.  Unos corrigen y otros están a la defensiva.</p>
<p>¿Cómo se llega a esta situación? Por lo general, de forma gradual e imperceptible. Una (o varias) conductas concretas —mal comportamiento, dificultades para cumplir normas, etc.— repetidas en el tiempo provocan enfrentamientos recurrentes entre padres e hijos. Las tensiones familiares aumentan y el adolescente pasa a ser el «que siempre la lía» o «el que amarga a todo el mundo».</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>El conflicto como eje de la convivencia</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Los padres llegan a consulta agotados. Tienen la sensación de haber intentado un montón de cosas sin resultado alguno: han probado a hablar, negociar, razonar, amenazar, castigar, ceder, controlar o vigilar de cerca. Algunos se sienten culpables ante una dureza que años antes hubieran considerado imposible. Otros están tan hartos de enfrentamientos que saltan a la mínima. Y hay quien, sencillamente, ha tirado la toalla.</p>
<p>En ese contexto, muchas decisiones son fruto de la desesperación más que de una estrategia educativa clara. Quitar el fútbol, prohibir salidas durante semanas o actividades motivadoras es una decisión basada en un razonamiento sencillo, cuando ningún recurso parece funcionar: «si esto tampoco funciona, ya no sé qué hacer».</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>¿Soy un problema?</strong></h3>

		</div>
	</div>

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		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Algunos adolescentes viven convencidos de ser una decepción constante para sus padres. Cuando la relación se basa casi por completo en la corrección es fácil considerar que solo se habla de ellos en términos de problemas.</p>
<p>Los comentarios de «vago», «imposible», «le da igual todo» o «solo busca el conflicto» reflejan, en ocasiones, situaciones reales, pero conviene preguntarse cuánto tiempo lleva ese adolescente escuchando ese tipo de críticas.</p>
<p>Las expectativas familiares influyen en la conducta. Las etiquetas no explican el origen del problema, pero condicionan la forma en cómo todos interpretan lo que ocurre. Si un adolescente se considera conflictivo, lo más probable es que cualquier pequeño avance por su parte pase desapercibido mientras que los fallos confirmarán la idea preconcebida. Hay adolescentes convencidos de que hagan lo que hagan decepcionarán a todos. Y cuando uno está convencido de eso, ¿para qué esforzarse?</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>El adolescente problemático… ¿en todos los contextos?</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Muchos adolescentes con dificultades de conducta no funcionan mal en todos los contextos. Pueden acumular suspensos y discusiones en casa, pero mantienen un buen vínculo con su entrenador, trabajan bien en un equipo deportivo o muestran otra actitud fuera del entorno familiar.</p>
<p>Los padres interpretan a veces esos espacios en los que su hijo se siente bien como un premio inmerecido: «para lo que quiere sí tiene ganas».</p>
<p>Esas actividades cumplen, sin embargo, una función importante. En algunos casos son los únicos lugares donde el adolescente no es causa de conflictos. Ahí no es «el que suspende», «el que contesta» o «el que decepciona».</p>
<p>Hay adolescentes muy desorganizados, agresivos o irresponsables que necesitan consecuencias claras. No podemos aceptar cualquier conducta ni renunciar a los límites, pero conviene ser prudentes antes de utilizar como castigo los espacios en los que nuestro hijo o hija siente que pertenece al grupo, hace algo bien y recibe el reconocimiento de los otros.</p>
<p>Hay quien cree que endureciendo los <a href="https://psicologiasanchinarro.com/esconder-la-cabeza/">castigos</a> recuperará la autoridad.  Y a menudo sucede lo contrario: el <a href="https://psicologiasanchinarro.com/adolescente-no-quiere-ir-a-terapia/">adolescente</a> se distancia, miente más o entra en una dinámica de oposición automática.</p>
<p>Algunos chavales llevan años escuchando que podrían hacer las cosas mejor «si quisieran». Y aunque esto pueda ser cierto en parte, incurre en una simplificación excesiva. Tras su comportamiento puede haber impulsividad, dificultades para organizarse, sensación de fracaso constante, falta de autoestima o baja tolerancia a la frustración. Aunque nada de esto elimina la <a href="https://psicologiasanchinarro.com/el-no-era-mi-intencion/">responsabilidad personal</a>, cambia la forma de entender el comportamiento.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>El castigo como receta universal</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Los castigos por sí solos rara vez enseñan autorregulación al adolescente que carece, por ejemplo, de habilidades para gestionar los impulsos, la frustración o la planificación.</p>
<p>Los límites son necesarios y, desde luego, corregir las conductas inadecuadas. Pero la dinámica familiar no puede basarse exclusivamente en el conflicto, la vigilancia y el reproche, porque corremos el riesgo de que la relación con nuestros hijos se reduzca al enfrentamiento.</p>
<p>Cuando la convivencia lleva tiempo deteriorándose, muchos adolescentes necesitan experimentar que pueden relacionarse con sus padres desde una posición que no sea de fracaso, decepción o corrección continua. El cambio más eficaz empieza, con frecuencia, por tratar de romper esa dinámica en la que el adolescente deja de ser una persona con dificultades para convertirse en «el problema».</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Y una buena forma de empezar a hacerlo es entender que se pueden corregir conductas concretas sin atribuir etiquetas personales. Porque no es lo mismo decir «esto que has hecho es irresponsable» que repetir «eres un irresponsable».</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/adolescente-y-castigo/">El adolescente como problema familiar</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>Actividades extraescolares:</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 12 May 2026 10:02:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[educación parental]]></category>
		<category><![CDATA[extraescolares]]></category>
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			<h2><strong>¿Trasladar a la infancia la lógica de la productividad?</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Deportes, conservatorio, catequesis, scouts, asociaciones juveniles… las actividades extraescolares ya eran habituales a finales del siglo XIX, en particular, entre las clases medias y altas.</p>
<p>A partir de los años 80, con la entrada masiva de la mujer en el mercado de trabajo y la desaparición progresiva de las redes familiares extensas, las clases extraescolares adoptan un nuevo cometido: facilitar la conciliación familiar de unos padres cuyas jornadas laborales no coinciden con el el horario del colegio.</p>
<p>La fórmula es sencilla: concluida la jornada lectiva, los niños permanecen en un entorno seguro mientras sus padres trabajan y ocupan esas horas en desfogarse, jugar con sus compañeros y hacer actividades de ocio por lo general alejadas del currículum escolar.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Un cambio de fórmula</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>A finales del siglo XX surge una nueva fórmula: la de las extraescolares como actividad productiva e inversión en el capital académico y social de los hijos.</p>
<p>Ya no basta con que el niño esté atendido, haga algo que le guste o simplemente pase una tarde con sus compañeros. Las actividades tienen que aportar algo más. Se incorporan nuevas materias (inglés, robótica, matemáticas, música, programación o técnicas de estudio), todas ellas pensadas para mejorar habilidades futuras, reforzar puntos débiles o construir un currículum desde primaria.</p>
<p>En este nuevo modelo orientado al rendimiento, el adulto organiza la infancia como trayecto curricular para desarrollar competencias, habilidades sociales y ventajas académicas.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Pequeños ejecutivos</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Así las cosas, nos encontramos con padres inquietos que viven con la sensación de que el futuro será muy competitivo y, por consiguiente, cualquier descuido en la educación de sus hijos puede pagarse caro. Las extraescolares se transforman entonces en mecanismo de prevención: idiomas desde infantil, estimulación temprana, deportes competitivos, actividades «que sumen». O padres muy centrados en el logro personal que trasladan al niño la lógica adulta de la productividad. O padres sobreprotectores para quienes un niño siempre ocupado, supervisado e inmerso en actividades dirigidas parece más «protegido» que uno con tardes libres. Los perfiles son diversos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>El niño no piensa en su futuro, sino en esa tarde</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Pero la realidad es que después de seis o siete horas de colegio, muchos niños están agotados. Y no en el sentido físico que los adultos atribuyen a los niños. Agotados mentalmente. Pasar toda la mañana sentado, atender explicaciones, cambiar de tarea constantemente, controlar impulsos, recibir correcciones, seguir normas y exponerse a comparaciones continuas consume mucha energía mental.</p>
<p>Los adultos entendemos el  desgaste laboral cuando nos ocurre a nosotros, pero nos cuesta reconocer ese cansancio en la infancia.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Los niños con dificultades añadidas</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Esto se observa con especial claridad en niños con <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tdah-y-sensacion-de-fracaso/">TDAH</a>, <a href="https://psicologiasanchinarro.com/dislexia-y-compensaciones/">dislexia</a>, <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/pautas-de-aprendizaje-para-el-nino-con-dificultades/" target="_blank" rel="noopener">dificultades de aprendizaje</a> u otros <a href="https://psicologiasanchinarro.com/ninos-evaluacion-neuropsicologica/" target="_blank" rel="noopener">trastornos del neurodesarrollo</a>. Para ellos, la jornada escolar es particularmente exigente.</p>
<p>Muchos de ellos deben hacer un esfuerzo muy superior al de los demás para conseguir los mismos resultados que el resto. Les cuesta concentrarse, organizarse, inhibir respuestas o mantener el ritmo del aula. Algunos reciben correcciones constantes. Otros tienen la sensación de estar siempre por detrás de la clase.</p>
<p>Cuando el horario lectivo termina, viene la segunda parte: refuerzo, academia, idiomas o actividades dirigidas que siguen exigiendo atención sostenida, rendimiento y, muy posiblemente, con escasa actividad física.</p>
<p>Hay padres que defienden estas actividades porque «les vienen bien». Y muchas veces es verdad. Hay niños que disfrutan aprendiendo idiomas, tocando un instrumento o compitiendo al ajedrez. Pero <strong>si el criterio principal deja de ser el interés del niño para acallar las inquietudes de los padres, empiezan los problemas</strong>.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3>Hay extraescolares y extraescolares</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>A menudo se habla de las extraescolares como si todas fueran equivalentes, pero psicológicamente no producen el mismo efecto. No vive igual la tarde un niño que termina las clases y sale a jugar al baloncesto con sus compañeros que otro que enlaza el colegio con dos horas más de actividades académicas o muy dirigidas (salvo, obviamente, que esas sean sus preferencias).</p>
<p>Muchos niños pasan el día entero haciendo cosas dirigidas por adultos. Colegio, extraescolares, deberes. Apenas tienen tiempo libre ni margen para hacer algo que «simplemente les apetezca». Y aquí cabe destacar algo relevante: las actividades que más ayudan psicológicamente a los niños no son necesariamente las que figurarán en su currículum futuro.</p>
<p>Un niño con dificultades académicas puede pasarse el curso sintiéndose el torpe de la clase. Entonces llega al entrenamiento y descubre que corre rápido, que coordina bien, que otros quieren estar en su equipo y que, por primera vez en el día, algo le sale bien. E incluso destaca. Esto tiene un valor enorme para la autoestima.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Nadie suele elegir hacer algo que se le da mal</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Los niños prefieren actividades donde se sienten cómodos, competentes o valorados. Cuando un niño hace una actividad que no le interesa y además se le da mal, suele estar la mano de los padres detrás de esa elección.</p>
<p>¿Estamos trasladando al mundo infantil la lógica adulta? Producir, mejorar, optimizar el tiempo, acumular habilidades útiles… Lo curioso es que los mismos adultos que hablan con frecuencia de estrés y falta de descanso organizan para sus hijos una rutina basada en ese modelo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Aprender a aburrirse también es una inversión</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El niño también necesita tiempo no estructurado: ratos sin objetivos (también de aburrimiento), sin supervisión constante y sin estímulos dirigidos, donde pueda crear, descansar o simplemente no hacer nada.</p>
<p>Las actividades extraescolares tienen mucho que ofrecer. Aportan a los chavales momentos de ocio y dusfrute, pertenencia, autoestima y hábitos saludables. El problema surge cuando dejan de ser actividades gratificantes (y se convierte en una obligación más) con la justificación de su utilidad futura.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote><p>
Hay chavales que no necesitan otra hora más de entrenamiento académico. Lo único que necesitan es dejar de esforzarse durante un rato.
</p></blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/actividades-extraescolares/">Actividades extraescolares:</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>«Operación verano» a la vista</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/remedios-milagrosos/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 10 May 2026 19:40:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[autoimagen]]></category>
		<category><![CDATA[redes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/remedios-milagrosos/">«Operación verano» a la vista</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>El negocio de acrecentar las inseguridades</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El verano se acerca peligrosamente para quienes no tenemos las medidas ideales, lo que no deja de tener su aquel, si tenemos en cuenta que esto nos ocurre a la gran mayoría. Y pese a ello —o precisamente por eso— el culto al cuerpo sigue gozando de excelente salud.</p>
<p>Basta mirar las estatuas romanas, bastante más proporcionadas y naturales que ciertos modelos actuales, para comprobar que llevamos siglos obsesionados con la apariencia física. Lo único que cambia es el envoltorio. Antes aspirábamos a la armonía clásica; ahora alternamos entre el cuerpo salido del gimnasio militar y la eterna adolescencia.</p>
<p>La llamada «operación verano» confirma una evidencia: el cuerpo rara vez es solo cuerpo. Tiene mucho de carta de presentación, de salvoconducto social y de objeto de escrutinio público. Nada tan motivador para someternos a una dolorosa pre-ITV estética como la esperanza de lucir palmito en playas, piscinas, ríos y terrazas de nuestra variada geografía.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>El algoritmo opina sobre tus muslos</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Durante años, la publicidad tradicional nos ha vendido cremas reductoras, fajas imposibles y dietas depurativas con nombres que parecían enfermedades infecciosas. Ahora la tecnología ha refinado el sistema. Con el algoritmo, el bombardeo publicitario sigue siendo el mismo, pero personalizado: detecta inseguridades concretas y las alimenta con admirable eficacia.</p>
<p>Tratas de informarte sobre conflictos internacionales, crisis económicas o el tiempo del fin de semana y acabas contemplando a mujeres maduritas con un impecable aspecto posadolescente, gracias a las maravillas de la calistenia militar, las sentadillas «hip thrust», el pilates oriental, el desbloqueo de la fascia (motivo este de gran parte de nuestros males) o la maniobra de Valsalva con pesas rusas colgadas de las orejas. También está el súmmum por excelencia: la bebida energética que elimina hinchazones, alisa piel de naranja, reduce kilos y te colorea la vida de rosa. O los leggins glúteo-compresivos cuyos efectos son más o menos los mismos que los de la bebida.</p>

		</div>
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			<h3><strong>Una fábrica de problemas</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>La parte más lucrativa del negocio, sin embargo, no consiste en vender soluciones, sino en fabricar problemas. O en reformular como defecto intolerable cosas que hasta hace nada formaban parte de la naturaleza humana. Envejecer era un fenómeno corriente. Ahora parece de una dejadez imperdonable.</p>
<p>Las personas no vivimos aisladas de la mirada ajena. Nuestra percepción corporal cambia dependiendo del entorno, las comparaciones y la atención que prestamos a determinadas partes del cuerpo. Cuanto más tiempo pasamos observándonos, evaluándonos y comparándonos, más fácil es detectar defectos en los que no habíamos reparado.</p>
<p>Las <a href="https://psicologiasanchinarro.com/identidad-digital/">redes sociales</a> amplifican este fenómeno porque convierten la comparación en una actividad continua. Esta comparación se nutre de algo particularmente perverso: no utiliza personas reales, sino versiones filtradas, seleccionadas y optimizadas. No competimos con la vecina del quinto, sino con madurita de cincuenta y siete años que aparenta treinta y dos, desayuna kéfir proteico y dedica cuarenta minutos diarios a desbloquear la fascia profunda.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>El marchamo del lenguaje médico</h3>

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	</div>

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			<p>Todo ello se reviste de un<a href="https://psicologiasanchinarro.com/poder-del-lenguaje/"> lenguaje</a> médico o pseudoterapéutico. No basta con vender belleza. Se vende bienestar, equilibrio hormonal, inflamación invisible, activación metabólica o salud integral. El vocabulario científico aporta legitimidad y convierte cualquier inseguridad estética en un supuesto problema técnico susceptible de intervención urgente.</p>
<p>Dicho esto, no caigamos en la fantasía nostálgica de que antes vivíamos felices con nuestros cuerpos y las redes sociales nos han estropeados la existencia. La presión estética nos acompaña desde que el mundo es mundo, en particular a las <a href="https://psicologiasanchinarro.com/el-tdah-en-mujeres-adultas/">mujeres</a>. Lo novedoso es la intensidad, la frecuencia y la personalización del mensaje. Nunca habíamos convivido con un sistema capaz de recordarnos continuamente todo aquello que debemos corregir para sentirnos bien.</p>
<p>Esta historia entraña otro detalle curioso. Muchas personas terminan sintiéndose <a href="https://psicologiasanchinarro.com/del-enfado-a-la-culpa/">culpables</a> de no invertir suficiente tiempo, dinero o energía en mejorarse, algo así como  si se abandonasen moralmente. El autocuidado empieza a confundirse con un trabajo a jornada completa.</p>
<p>A veces sospecho que gran parte del agotamiento contemporáneo nace precisamente de esa vigilancia permanente de uno mismo. No basta con trabajar, dormir mal, llegar a fin de mes y sobrevivir a la actualidad política. También hay que optimizar glúteos, postura, microbiota, cortisol y expresión facial.</p>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote><p>
En fin: que de no ser por las redes sociales muchas personas jamás habrían descubierto la enorme cantidad de defectos que necesitan corregir con urgencia. Y es una pena, porque con tanto problema artificial corremos el riesgo de olvidar lo que es el auténtico <a href="https://psicologiasanchinarro.com/introspeccion/">autocuidado</a>.
</p></blockquote>

		</div>
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		<title>Del enfado a la culpa en tiempo record</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 09 May 2026 19:10:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[desregulación emocional]]></category>
		<category><![CDATA[TDAH en adultos]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
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			<h2><strong>El difícil arte de pedir perdón</strong></h2>

		</div>
	</div>

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			<p>Muchos adultos con <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tdah-y-sensacion-de-fracaso/">TDAH</a> viven las discusiones con una intensidad difícil de entender por quién no padece desregulación emocional. Un gesto ambiguo, una crítica o la sensación de injusticia pueden percibirse como ataque personal. Y, entonces, el enfado se propaga con virulencia, sin sopesar lo que está ocurriendo ni anticipar las posibles consecuencias de los actos o palabras.</p>
<p>No es que el adulto «decida» reaccionar así, sino que su sistema de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/autorregulacion-atencional/">autorregulación</a> es menos eficaz bajo estrés emocional. En momentos de activación elevada, experimenta una reducción temporal de la capacidad para frenar impulsos, matizar interpretaciones o distanciarse de lo que siente.</p>
<p>Esa virulencia emocional no suele durar demasiado y pronto es reemplazada por la sensación de culpa y la necesidad urgente de arreglar lo ocurrido. Comienzan entonces las disculpas, los mensajes, los intentos de explicarse o de comprobar de otro modo que la relación sigue en pie.  Muchos adultos con TDAH conocen bien esa sensación de pasar del enfado a la culpa en un tiempo record.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Dos ritmos diferentes que dificultan el punto de encuentro</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>En una discusión interviene dos partes. Y si la evolución de sus curvas de enfado y desactivación emocional no coinciden en el tiempo, se complica mucho la posibilidad de llegar al entendimiento.</p>
<p>El patrón se repite: mientras que el adulto con TDAH trata, tras la desactivación emocional, de reparar la situación, la otra parte sigue enfadada, dolida o harta de la discusión. Ese desfase genera malentendidos. Quien pide disculpas sinceras no entiende por qué la otra persona se muestra distante y reacia a aceptarlas. Quien ha asistido a la reacción impulsiva —que tal vez ni siquiera entienda— tarda, sin embargo, bastante más en procesar lo ocurrido (y reducir su enfado) e incluso percibe ese intento de reconciliación como presión para zanjar el asunto cuanto antes. Si estos conflictos se repiten con frecuencia, las disculpas terminan perdiendo todo valor.</p>
<p>El «siempre tengo que ser yo quien da el brazo a torcer», «parece que te arrepientes cinco minutos y luego todo sigue igual», «no sé cuál de tus versiones es la real» son frases habituales en parejas donde uno de los dos tiene dificultades de regulación emocional. Y, con frecuencia, nuevo motivo de discusión.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Pedir perdón también agota</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Muchos adultos con TDAH se acostumbran a pedir perdón continuamente, bien porque consideran que han reaccionado mal, bien porque no soportan la tensión emocional provocada por el conflicto y necesitan liberarse de esa sensación. Esto puede llevarles a asumir responsabilidades que no les corresponden o al menos no por completo.</p>
<p>Con los años, terminan desarrollando una imagen deteriorada de sí mismos y se ven como personas excesivas, difíciles o agotadoras, convencidas de que cualquier emoción intensa es desproporcionada o injusta.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Sí hay conciencia del daño causado</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La<a href="https://psicologiasanchinarro.com/autocontrol-e-impulsividad/"> impulsividad</a> emocional no implica falta de empatía ni de conciencia sobre el daño causado. De hecho, muchas personas con TDAH registran el malestar del otro tan pronto desciende la activación, lo que dispara a su vez la sensación de culpabilidad. El problema se produce antes, cuando la desregulación reduce su capacidad de pensar, relativizar y contener reacciones excesivas.</p>
<p>Entender esto no elimina la responsabilidad sobre la propia conducta. Tampoco justifica cualquier reacción emocional. Pero ayuda a evitar lecturas simplistas. Algunos adultos con TDAH interpretan estos episodios como fallos morales o defectos de carácter, sin comprender qué ocurre en términos de regulación emocional antes y después de la reacción impulsiva.</p>
<p>En terapia se aprende, entre otras cosas, a detectar con mayor antelación el punto de activación para ganar unos minutos de margen antes de responder; a entender qué situaciones disparan determinadas reacciones; a diferenciar la <a href="https://psicologiasanchinarro.com/culpabilidad-femenina/">culpa</a> de la responsabilidad; y a comprender que reparar una relación no significa que haya que hacerlo de inmediato, por duro que sea soportar la sensación de que la otra persona sigue enfadada o dolida.</p>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Muchas discusiones empeoran precisamente por eso. Si una persona necesita distancia temporal para calmarse y procesar el impacto de la discusión y la otra, en cambio, vive esa distancia como una amenaza a la relación, esta última intentará resolver el conflicto cuanto antes —insistiendo, llamando, escribiendo mensajes o presionando de otra forma—. Y por muy sinceras que sean sus intenciones, conseguirá probablemente lo contrario: saturar y alejar al otro.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
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		<title>Campamentos de verano: una oferta extensísima</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/campamento-de-verano/</link>
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		<pubDate>Wed, 06 May 2026 16:56:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[campamento]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>&#8230; no apta para todos</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Cuando pienso en mis veranos infantiles, me resulta muy difícil desvincularlos de la casa de mis abuelos en el pueblo. Allí pasaba los meses de junio y julio mientras mis padres trabajaban y se organizaban como podían para vernos el fin de semana. Para mí eran unos meses felices, en los que desaparecían los horarios y mi vida transcurría en la calle, con el resto de los chavales del pueblo, repartida entre la playa y la bicicleta. Por lo que recuerdo, quien y quien menos de mis amigos hacían exactamente lo mismo.</p>
<p>Años después hicieron su aparición los campamentos. Su función era eminentemente práctica: mantener a los niños en un lugar seguro mientras los padres trabajaban.</p>
<p>Hoy el concepto de campamento ha experimentado cambios. Muchas familias buscan algo más. Quieren que sus hijos desarrollen las actividades que les gustan, conozcan a otros niños y que el verano no sea un sinfín de horas muertas ante una pantalla ni una continuación del colegio. Y preferiblemente que aprendan cosas nuevas, ganen autonomía y afiancen sus habilidades sociales. En ese sentido, la actual oferta de campamentos veraniegos es amplísima. Basta con echar un vistazo a las muchas webs que los publicitan para observar que atienden a prácticamente cualquier preferencia: fútbol, robótica, teatro, circo, inglés, música, baile, actividades urbanas o deportivas…, todo un mundo de posibilidades para disfrutar del tiempo libre.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Por qué los campamentos convencionales no valen para todos</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Con independencia de la temática, la mayoría de estos campamentos están pensados para niños que encajan bien en dinámicas grupales grandes o que tienen intereses bien definidos. Muchos colegios organizan, además, campamentos para sus propios alumnos, lo que facilita notablemente la organización familiar en un momento tan complejo como las vacaciones infantiles.</p>
<p>Los campamentos convencionales funcionan muy bien con la mayoría de chavales. Pero hay un amplio grupo que no se adapta a estos formatos.</p>
<p>Hablamos de niños con dificultades sociales o con necesidades especiales. Niños que se bloquean en grupos grandes o son muy sensibles al ruido o a los cambios. Niños que necesitan tiempo para ganar confianza o cuyos intereses no conectan con las actividades habituales.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Un escenario conocido</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Muchas familias conocen bien este escenario. Inauguran cada mañana con una negociación agotadora para conseguir que el niño vaya al campamento. A veces hay llantos, enfados o dolores de barriga. Y los padres acaban dejando a su hijo o hija en el centro correspondiente con una sensación desagradable: la de estar obligándoles a permanecer en un lugar donde no desean porque no hay otra alternativa compatible con el horario laboral.</p>
<p>Al principio piensan «<em>ya se acostumbrará</em>». Pero, a medida que transcurren los días, es obvio que la cosa no funciona. Hay niños que pasan semanas enteras sobreviviendo al campamento: permanecen al margen del grupo, participan poco o nada y viven las actividades con tensión. El campamento deja de ser un espacio de esparcimiento para convertirse en otra obligación más.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Campamentos especializados</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Los<a href="https://www.logopediasanchinarro.es/abrimos-de-par-en-par-la-preinscripcion-del-campamento-de-verano-inclusivo-2026/" target="_blank" rel="noopener"> campamentos especializados</a>, con grupos pequeños, atienden una necesidad no cubierta por la oferta habitual.</p>
<p>Y esto se debe a algo muy concreto: nos permite conocer perfectamente a cada uno de los participantes.</p>
<p>Cuando los grupos son reducidos y el equipo está integrado por profesionales acostumbrados a trabajar con infancia —psicólogos, logopedas, profesionales de la comunicación, educadores o integradores sociales— las actividades dejan de organizarse pensando únicamente en el grupo y tienen en cuenta las preferencias y necesidades de cada participante.</p>
<p>Hay niños que necesitan actividades muy estructuradas para sentirse tranquilos. Otros funcionan mejor cuando pueden anticipar lo que va a ocurrir. Algunos necesitan espacios de descanso porque se saturan con rapidez. Otros participan muchísimo más cuando el grupo es pequeño y no tienen que competir por la atención o el espacio.</p>
<p>Y también cambia la forma de relacionarse. En grupos reducidos es más fácil detectar quién necesita apoyo para acercarse a otros niños, quién tiende a aislarse, quién acaba cediendo siempre o quién se desregula con facilidad.</p>
<p>Todo eso pasa desapercibido en campamentos masificados, incluso aunque los profesionales hagan un buen trabajo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Crear espacios donde cada niño se siente bien</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Este tipo de campamentos necesita mucho más que organizar actividades entretenidas.</p>
<p>Requiere de un gran número de profesionales familiarizados con la infancia y conocer bien al niño antes de empezar: cómo funciona, qué le cuesta, qué le gusta, qué situaciones le generan ansiedad y cómo vive normalmente las relaciones sociales.</p>
<p>También exige escuchar a la familia, porque son los padres quienes se dan cuenta de señales de malestar que se minimizan en otros contextos.</p>
<p>A partir de ese conocimiento, las actividades tienen un propósito bien definido. No se trata de «rellenar horas» durante los meses de junio y julio, sino de que el niño sienta —muchas veces, por primera vez— que está en un espacio pensado para él, en el que se siente motivado y comprendido. Esto hace que quiera volver al día siguiente. Y al otro. Y que  —como suele ocurrir— sienta pena cuando el campamento llega a su fin.</p>
<p>Si tu hijo o hija no acaba de encontrar su espacio, ponte en contacto con nosotros. Tenemos mucho que contarte.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Cuatro prioridades del campamento:</strong></h3>

		</div>
	</div>
<ul class='dt-sc-fancy-list  blue  circle-bullet'>
<li>Facilitaros la <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/cuando-se-confunde-la-finalidad-de-las-actividades-extraescolares/" target="_blank" rel="noopener">conciliación familiar</a> y laboral con la tranquilidad de saber que vuestros niños están perfectamente atendidos, sean cuales sean sus necesidades, por personal especializado en un entorno seguro.</li>
<li>Potenciar las capacidades artísticas y creativas del niño como medio para reforzar su desarrollo cognitivo, lingüístico, emocional y social.</li>
<li>Ayudaros en la tarea de educar niños autónomos y emocionalmente sanos.</li>
<li>¡Divertirnos muchísimo, que buena falta nos hace a todos!</li>
</ul><div class="ult-spacer spacer-6a182b3ca8633" data-id="6a182b3ca8633" data-height="10" data-height-mobile="10" data-height-tab="10" data-height-tab-portrait="" data-height-mobile-landscape="" style="clear:both;display:block;"></div>
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		</div>
	</div>
</div></div></div></div><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Una última observación: para que nuestro campamento sea verdaderamente eficaz, el número de participantes por grupo debe ser muy reducido. Esto significa que el número de plazas es limitado. Si te planteas inscribir a tu hijo o hija en nuestro centro, te recomendamos que no esperes hasta el último momento. Recuerda que si es la primera vez que vuestro hijo está con nosotros es imprescindible que nos conozcamos y, sobre todo, que conozcamos sus necesidades y preferencias para ofrecerle una experiencia inolvidable de la que pueda, además, sacar el máximo partido.</p>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/campamento-de-verano/">Campamentos de verano: una oferta extensísima</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>TDAH y desfase ejecutivo</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/tdah-desfase-ejecutivo/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 29 Apr 2026 10:46:08 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[TDAH en adultos]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>La regla del 30%</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Hoy quiero centrarme en dos conceptos que generan cierta confusión, aunque son distintos: capacidad y <a href="https://psicologiasanchinarro.com/multitarea/">rendimiento</a>. El desequilibrio entre ambos es un motivo que los <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tdah-y-sensacion-de-fracaso/">adultos con TDAH</a> alegan con frecuencia como fuente de malestar: la persona sabe lo que tiene que hacer y tiene el conocimiento para hacerlo; sin embargo, le cuesta ponerse en marcha, mantener la atención y llevar a cabo esa tarea de principio a fin.</p>
<p>El psicólogo Russell Barkley formuló hace años la conocida «regla del 30%» para explicar el desfase en el desarrollo de las funciones ejecutivas. Este porcentaje hace referencia al retraso aproximado entre las habilidades de autorregulación del niño diagnosticado de TDAH y el niño normotípico. Según la citada regla, un niño con TDAH de 10 años se comportaría, en términos de autorregulación, como un niño normotípico de 7. Esta regla, resultado de numerosas observaciones clínicas, es útil como referencia orientativa.</p>
<p>Este desfase ayuda a entender por qué, en el TDAH, capacidad y rendimiento no siempre se corresponden: la dificultad no está tanto en lo que la persona sabe hacer, sino en su capacidad para regularse y aplicar esas habilidades en el momento oportuno.</p>
<p>En la población adulta no se expresa en términos de «diferencia de edad» como en la infancia, porque el desarrollo cerebral ha alcanzados niveles de madurez.  Sin embargo, persisten (aunque se manifiesten de otra forma) diferencias funcionales en aspectos como la organización, la <a href="https://psicologiasanchinarro.com/vivir-en-automatico-cuando-la-vida-se-siente-ajena/">planificación</a>, la <a href="https://psicologiasanchinarro.com/autocontrol-e-impulsividad/">inhibición de impulsos</a> o la gestión del tiempo.</p>
<p>Una persona puede tener un buen nivel intelectual, comprender con rapidez y manejar conceptos complejos y, sin embargo, tener dificultades para gestionar la vida cotidiana.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Capacidad no es lo mismo que ejecución</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Este desfase es evidente en situaciones corrientes. Tenemos adultos que posponen tareas sin razones aparentes, que no saben priorizar, llegan siempre tarde, se dispersan con facilidad o son incapaces de terminar actividades poco estimulantes.</p>
<p>Hablamos de una disfunción de las funciones ejecutivas, en particular en la inhibición y la memoria de trabajo (además de estar implicados otros aspectos como la motivación, el procesamiento de la recompensa o la regulación emocional). La persona pierde con facilidad la referencia de lo que está haciendo porque cualquier minucia interrumpe el «hilo» organizador de la conducta. Y, como le cuesta retomar la tarea después de una interrupción, es fácil entender el impacto negativo que esto representa en la vida académica y profesional, pero también en la gestión de la vida cotidiana.</p>
<p>Quiero insistir aquí en la idea que da título a este post: no es un problema de conocimientos, sino de dificultad para organizarlos, aplicarlos y recuperarlos en el momento en que se necesitan.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Dificultades en todos los contextos</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>El TDAH afecta a todos los ámbitos de la vida (personal, académica&#8230;), pero en el caso del adulto, sus repercusiones pueden ser particularmente complicadas en contextos como el trabajo. El adulto con TDAH sabe cómo abordar una tarea, pero eso no garantiza que pueda hacerlo en el momento adecuado. Aparecen bloqueos, evitación o una ejecución irregular que, muchas veces no refleja las capacidades reales. De ahí la <a href="https://psicologiasanchinarro.com/dislexia-y-compensaciones-2/">frustración</a>: sabe lo que habría que hacer, pero no puede hacerlo de forma consistente.</p>

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			<h3><strong>¡Ay la gestión de los tiempos!</strong></h3>

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			<p>Esa dificultad para gestionar los tiempos nos hizo pasar un mal rato a los invitados a la boda de una amiga. La hija pequeña de un amigo común diagnosticado de TDAH era la encargada de llevar las arras. Habituados a los retrasos crónicos del padre, dos de nosotros acordamos llamarle la mañana de la ceremonia temprano para que no se retrasase. Aun así, novios, oficiante e invitados tuvimos que esperar un tiempo considerable a que llegasen padre e hija. La pequeña hacía pucheros por el disgusto. «Lo había calculado perfectamente para llegar a tiempo —se justificó nuestro amigo—, pero como os ha dado a todos por llamarme…».</p>
<p>La gestión del tiempo es una dificultad añadida. Por muy llamativo y molesto que resulte para los demás, no se trata solo de llegar tarde. Hay dificultades para estimar cuánto va a durar una tarea, para anticipar los pasos intermedios y para mantener una secuencia de acciones sin desviarse.</p>

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			<h3><strong>¿Dónde está la motivación?</strong></h3>

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			<p>La <a href="https://psicologiasanchinarro.com/sentirse-desbordado/">automotivación</a> es otro aspecto relevante. Las tareas que no ofrecen una recompensa inmediata tienden a quedar relegadas, aunque sean importantes. ¿Falta de interés? En realidad tiene que ver con la dificultad para iniciar una conducta en ausencia de estímulos externos claros. Muchas personas con TDAH señalan que funcionan bastante mejor bajo presión o con plazos muy próximos que con fechas imprecisas o lejanas. De hecho —alegan— no se activan hasta saber que la fecha «está encima». Pero esto, a la larga, genera desgaste.</p>
<p>Además, la motivación no se manifiesta siempre por igual: hay días en los que la persona funciona con relativa normalidad y otros en los que las dificultades son mucho más evidentes.</p>

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			<h3><strong>Entender el problema</strong></h3>

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			<p>Adolescentes y adultos llegan a consulta con el peso de años de comentarios sobre su falta de organización, constancia y voluntad. Si no ha habido diagnóstico o este ha sido tardío, no es raro observar falta de autoestima, frustración o ansiedad por cumplir aquello que a otros parece resultarles tan sencillo.</p>

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			<blockquote>
<p>Entender este patrón no elimina el problema, pero modifica la forma de abordaje. Entre otras cosas permite diferenciar entre las capacidades de la persona y lo que puede hacer en determinadas condiciones. Y, a partir de ahí, trabajar con apoyos externos, estructuras más claras o estrategias que compensen sus dificultades, en lugar de insistir únicamente en la voluntad o el esfuerzo.</p>
</blockquote>

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</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tdah-desfase-ejecutivo/">TDAH y desfase ejecutivo</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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